Diego Latorre, 1998. Lápiz, látex y pigmento sobre bastidor. 30×24.
Querido Doctor, después de una dura jornada laboral, como electricista-fontanero, quedan pocas ganas de trabajar como un supuesto artista. Pero a pesar de todo me voy a manchar las manos de pintura.
Dibujo a lápiz dos figuras humanas por el revés de un lienzo, pero me desagradan. Luego utilizo el cuadro como carta, dirigiéndome como casi siempre, a usted, empezando a escribir, Querido Doctor:,por la parte izquierda superior. Vierto sobre el resultado, el rojo, con la única intención de tapar lo que había creado anteriormente. Dejo de pintar y ¡no pienso firmar!, esto no es una obra, ¡tan solo es un garabato!. Aunque ha servido, un poco, para desfogarme de la depresión que me produce mi trabajo por mi inadaptación a causa de mi enfermedad. Y además ha empezado el otoño, estación favorita de mis crisis eufóricas y depresivas. Hoy simplemente y solamente he pintado por pintar, no tengo realmente, muchos ánimos, sólo quiero descansar, me iré a dormir, dejo de crear.
Siento defraudarle con esta prueba, aunque tal como está el arte contemporáneo, seguro que si la cuelgo, firmada como Pollock o como Picasso, furtivamente en las paredes de la Tate Gallery o en la feria de Arco, más de un célebre crítico y más de algún prestigioso galerista, harían como que entienden y le dedicarían unos cuantos elogios y muchos párrafos.
P.D: Gracias por su atención, si la hubo, aunque espero que lea estas cartas algún día, seguro que es el único que pueda soportarlo. Saludos.
Diego Latorre, Septiembre 1995.






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