Lux

 

Diego Latorre, 1994. Silicona, látex y pigmentos sobre tela. 81×100. Vendido

Tengo veinticuatro años, casi un cuarto de siglo. Y aún no se que va a ser de mi el día de mañana. No se si seré un célebre alpinista, mamporrero en una granja o pinche de cocina en un hotel de la costa Dorada, y a mucha honra. Pero creo que al final acabaré de fontanero electricista, que sería lo más lógico después de mis años de experiencia. La verdad es que dedico más tiempo a los tubos de cobre y a los enchufes que a mis pinceles.

Lo que está claro es que nunca voy abandonar  mis colores, mi filosofía y mis ideales mientras pueda valerme por mi mismo. Lo que venga de malo o de bueno en la vida por la corriente del río llegará, quiera o no quiera.

Hace un frío siberiano, tan sólo una pequeña estufa de barras infrarrojas alegra un poco el ambiente helado que paso aquí, en el cuarto primera, número dieciocho de la calle Estanislao Figueres en Tarragona. Pequeño y humilde ático sin ascensor que alquilé para estar más cerca de las estrellas y más cerca de la escuela de Arte.

Voy a la cocina y pongo la cafetera al fuego. Me dirijo a mi habitación- estudio, pongo el lienzo en blanco en el suelo y empiezo a dar vueltas a su alrededor. Las ideas fluyen, aunque luego no sirvan para nada. Al final casi siempre me dejo llevar por el azar. Preparo los materiales y lo dejo todo a punto.

Suena la cafetera, me sirvo el café y enciendo un pitillo. Me dirijo de nuevo al lienzo, introduzco un disco al azar en mi tocata y pincho una canción cualquiera, la número diez de la cara B, por ejemplo.

Vuelco el material ya preparado sobre la tela y empiezo a restregarlo con las manos por toda la superficie. Con la música y los primeros colores me escapo muy lejos de mi ciudad, de mi país y de este mundo. A otro lugar aún más frío, hostil y oscuro, de momento.

Sigo pintando y surgen dos planetas azules que dan algo de vida. Seguidamente mi pincel se viste de blanco para dar algo de luz a este espacio que se ha creado, en algún lugar de mi universo. Otro vómito mental se a transformado en otra obra mas,  para de nuevo sorprenderme.

  Y mientras, la Tierra llora como un bebe, al que nadie hace caso. Aburrida de derramar sus lágrimas a los ríos, porque le hacemos daño.

Me quito la silicona y los pigmentos de las manos, me ducho y luego vuelvo al cuadro. Bajo el volumen de mi equipo, se ha hecho muy tarde. Pongo la obra en el caballete y me pierdo de nuevo en los colores aun frescos de mi universo. El mejor lugar para olvidar, pero también para soñar y desearos a todos desde aquí, un mundo mejor.

¡¡Saludos desde Lux!!

Diego Latorre   Diciembre  1994

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