Te Ofrezco una Sonrisa

 

Diego Latorre,  2010. Óleo sobre madera. 52×40.

  Miro hacia atrás, veo un pasado lleno de alegrías y cicatrices que se han curado con el tiempo. Busco un futuro exactamente igual, no quiero rosas sin espinas. Para eso estoy yo aquí, para luchar contra el viento y la marea. Para abrir las puertas de un mundo optimista, positivo, mejor. Lleno de colores que invaden las casas de los duendes, que habitan en mi mente, en mi vida.

  Vuelo, corro y huyo de mis nubes grises. Cargadas de agua contaminada por el hombre. Que moja mis ojos, mi espalda y mis sentidos. Provocándome malestares, irritaciones.

  Pienso en el día que nos conocimos, cubierto de un manto de flores. En forma de gato gigante, fuerte y lleno de energía, que logró unirnos con sus garras, su ronroneo, sus caricias.

  No busco el equilibrio, me he adaptado a ir de arriba a abajo. Buscando motivación en los dos polos, para crear mis obras.

  Y en mi autorretrato reina una sonrisa entre colores guarros. Enérgicas pinceladas sin fin que escapan de los límites del soporte de la obra.

  Me gustaría sanar las heridas de los que no tienen esperanzas, sueños, nada. Aunque teóricamente, para eso están las marionetas de los que nos gobiernan. Que al parecer, la gran mayoría de ellas tan solo se reúnen para comparar entre si, sus fuerzas, sus inútiles poderes. Luchan con dientes y cuchillos por sus intereses personales. Mostrándonos siempre sus sonrisas estúpidas, que luego son portada en los medios de comunicación. Simulando siempre que trabajan por un mundo mejor.

  Creo que las personas somos como un loro, que habita en lo más alto del mástil de un barco. Cuando empieza a hundirse, el loro ni se inmuta. Incluso ni cuando el barco está medio hundido. Tan solo emprende el vuelo cuando el agua moja sus plumas. Sólo nos acordamos de las desgracias cuando nos tocan directamente a nosotros.

  Nuestro barco es el mundo, que se hunde muy deprisa. Por lo visto, los que estamos en el mástil esperamos a que lo haga del todo. Quizás emprenderemos “el vuelo de loro” y buscaremos soluciones reales, cuando no haya más remedio.

  A pesar de todo, te ofrezco una sonrisa, un millón de colores, mí vida. Mi pincel es el siervo de tus ojos, de tu pelo y de tu piel. Me refugio en tu mirada, en tu vida, en tus dulces sueños de pan y de miel.

 

Diego Latorre,     Septiembre  2010

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