Naranja Sobre Naranja

Diego Latorre, 1991. Óleo y cuñas de madera sobre un cajón. 40×40.

  Querido Doctor, tenía veinte años cuando sufrí mi primera crisis eufórica, la más sorprendente por ser la primera, por el desconocimiento y realmente porque nadie lo esperaba, era joven, fuerte y tenía una gran personalidad, nunca había tenido ningún trauma en mi infancia, es más, fui un niño feliz, mi problema era genético.

  Estaba haciendo el servicio militar en Melilla hasta que me di cuenta de que no podía estar allí, más bien porque pensaba que era alguien muy superior a todas las estrellas juntas de todos los mandos que habitaban en aquel cuartel. Me vestí de paisano y me dirigí enérgicamente a la puerta principal de Alcántara 10, saludando y sonriendo al soldado de la garita y al teniente de guardia mientras salía a la calle. No dijeron nada porque era hora de paseo y me dirigí directamente al aeropuerto de la ciudad. Cogí el turbo hélice hasta Málaga y de allí, no se como, cogí un tren hacia el norte, a mi casa.

  Llego a la puerta, después de un ajetreado viaje, llamo, después de ocho meses sin aparecer, abre mi madre y no la reconocí, no la saludé como es debido después de tanto tiempo. Tampoco reconocí mi casa, la veía muy pequeña, en parte porque llevaba tiempo durmiendo en grandes naves y en gran parte porque era yo quien había cambiado por completo. Mientras, mis padres fueron a la guardia civil a contar lo ocurrido, ya que todavía era un soldado, no tenía ninguna intención de volver a la mili y vieron la situación al momento, me encerré en mi cuarto y vomité toda mi energía en varios cuadros, entre ellos, “Naranja Sobre Naranja”. Sólo le di una capa de color, esa obra la utilicé en un principio como excusa para mancharme las manos de pintura. Luego me llevaron al hospital Joan XXII de Tarragona y de allí al cuartel militar de esa misma ciudad.

  Me presentan al capitán y como si fuera mi mejor amigo, dándole palmadas en la espalda, le dije lo que realmente pensaba del ejercito español. Seguidamente pidieron una ambulancia.

  Mis padres seguían a la ambulancia por la AP-7 dirección a Barcelona y les saludaba como un niño en los asientos traseros de un autobús. Le pedí con insistencia al conductor que pusieran la sirena, creía que era el mas grande y quería que se enterasen todos. No quiso y me dio un cigarro para que me calmase un poco. Estaba convencido de que me llevaban a una escuela de  grandes artistas, ya que alguien me lo insinuó para que accediera a ingresar en el psiquiátrico.

  Llego al Hospital Militar de Barcelona, entro en el pabellón psiquiátrico, me toman los datos y me escapo corriendo hacia una habitación porque tenía unas ganas tremendas de orinar, abro la puerta, voy rápido al lavabo y mientras estaba haciendo la operación oigo gritar con fuerzas, ¡vete de aquí, esta es mi puta habitación! y conteste irritado subiendo el tono más aún, ¡¡cállate, no es para tanto!!. El tenía como pelo, tan solo una coronilla blanca, como la de Picasso, y la verdad, se le parecía mucho, así que lo vi claro, el gran genio no estaba muerto, estaba allí ¡conmigo!, era algo sorprendente pensé que tendría aquel hombre mas de cien años, realmente pensé que me habían llevado al lugar adecuado, a una escuela de “grandes artistas”.  Pero en el fondo mi Pablo, era un teniente coronel jubilado que el ejercito mantenía, ya que la familia no lo hacía y además tenía muy mala leche, pero menos que yo. Ordenaba, como si aún ejerciera su profesión, a todos los enfermos para que le dieran vueltas por el pabellón en su  silla de ruedas y los mareaba a su antojo,  pero conmigo no podía, ¡estaba por encima de el!.

   Aparte del genio de “Picasso”, todo era idílico aunque a veces no entendía el porque de los cristales brindados de ocho o diez  centímetros, ni  el porque de los medicamentos y las inyecciones que me ponían entre tres o cuatro enfermeros, ya que  tenía mucha fuerza, por entonces corría maratones, practicaba escalada deportiva, estaba hecho un tigre, les costaba muchísimo vencer a mi euforia y a mis fuerzas.  Tampoco entendía porque los domingos venía un cura al que siempre despreciaba, ni comprendía porque no podía salir de la “escuela” cuando yo lo deseara. Quise creer que todo eran pruebas para ser el mejor artista, como un concurso. Poco a poco fui despertando de mi euforia a base de buenos alimentos, reposo y medicamento.

  Mis padres me traían blocs de dibujo y colores ¡muchos colores¡. Creé cientos de dibujos que algún día le enseñaré, en aquellos momentos realmente pensaba que eran dignos de un genio, porque lo creía. Dibujaba emociones y cualquier cosa que se moviera, pero tan sólo eran dibujos infantiles de un joven sedado con fuertes medicamentos en un hospital psiquiátrico. Casi todos los enfermos pintaban o hacían algo creativo, en parte por eso creí la “bonita historia” a parte de estar como una regadera.

  Habían pasado diecinueve días en aquel pabellón y la noche anterior, uno de mis compañeros trató de quitarse la vida, tenía depresión. Vi demasiadas cosas feas en ese periodo de tiempo pero no quería creerlo. Por suerte me dieron el alta, pero sin diagnosticarme ninguna enfermedad.

  Le dí una gran vuelta y a toda velocidad al abuelo con su silla, porque quise, el reía y blasfemaba contra las enfermeras mientras le empujaba con todas mis fuerzas como despedida.

  Muchos compañeros de mi cuartel  pensaron que lo que me pasó fue un acto de rebeldía, pero no lo fue, a partir de entonces empezó a crecer mi currículum psiquiátrico de doctores que no daban nunca con la tecla, hasta llegar al Doctor Beltrán.  Por fin me diagnosticó trastorno bipolar y luego al cabo de muchos años llegué a usted, también he de reconocer que es un gran profesional.

  Entré en casa aún sedado y me puse con ganas pero sin fuerzas a dar otra capa de naranja sobre el anterior capa del mismo color de la obra que dejé sin terminar, sabía en ese momento que nunca más dejaría la pintura, bastante tiempo me robaron en el servicio militar. También estaba seguro de que todo lo que me pasó lo tenía que enseñar al mundo, estaba ¡obligado a pintar!, a expresarme, a crear.

  Al poco tiempo vi la otra cara de la moneda y caí en una fuerte depresión. Me costó mucho salir de aquel infierno, aunque esa es otra historia.

P.D: Doctor, dejo de escribir por hoy ya que ha terminado la hora de la consulta, aunque todavía tengo mucho que contar, lo dejamos para otro día. Saludos

Diego Latorre,  Noviembre 2011.

2 Replies to “Naranja Sobre Naranja”

    1. Gracias, celebro que te haya gustado, la obra significa mucho para mí porque practicamente fue un resumen de todo lo que pasó en ese periodo de tiempo por mi mente. Las manchas, texturas y la pintura en general en aquellos momentos de la ejecución cobraron vida, eran parte mi mente y de mi cuerpo, eran mi sangre eufórica mezclada con fuertes medicamentos, y aunque soy escéptico, llegué a creer que mi obra y yo eramos Dios. Las texturas y las formas de “Naranja sobre Naranja”, para mi, lo significaban todo y no significan nada. Hay que estar loco para entenderlo.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s