Dibujos en el Hospital IV

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Querido Doctor,

  Las monjas eran las responsables de despertarnos, darnos de comer y de proporcionarnos los medicamentos. Éstas cumplieron con sus funciones y yo me puse a dibujar, con un toque Picasiano, había decidido enfrentarme a mi supuesto Picasso. Una vez terminada la obra, me dirigí, mitad hombre y mitad Dios, a la habitación del Minotaurio. Le expuse el dibujo y éste se enfureció, empezó a sacar escorpiones y culebras por la boca, hice lo mismo. Y además insistía, de malas maneras, en que le diera una vuelta con su silla de ruedas, me negué rotundamente, nadie estaba por encima de mí.

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  El viejo Teniente Coronel, tenía a todos los que habitaban el pabellón atemorizados, menos a mí, en el fondo lo que quería el hombre era que le prestaran atención, que le obedecieran. Toda su vida había estado por encima de los demás y lo echaba en falta, vivía entre el destierro, el olvido y la soledad, eso lo dice todo. Si no le daban una vueltecita, blasfemaba e insultaba a todo el mundo, era algo desagradable. Nunca cumplí su deseo, excepto el día que me dieron el alta, con el tiempo, cuando yo empecé a razonar, nos fuimos haciendo amigos. En poco tiempo dejé de creer que aquel hombre era el genio malagueño, que aquel lugar era una escuela de artistas y que mi razón era la razón si no una auténtica locura, aunque nunca dejé de dibujar. Entre mis dudas, el caos, los fuertes medicamentos y todo aquel potaje que tenía en la mente, decidí aislarme, sólo me centraba en mis dibujos, en el reino de la imaginación que me llevaba lejos, muy lejos.

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   Con mis dibujos me evadía de mi grave problema, me hacían sentir grande y poderoso. Podía recorrer los campos, los mares, estaba capacitado para crear grandes ciudades, montañas, podía crear un mundo nuevo, a mi antojo, para librarme del mío. Mientras, en Vilaseca, mi pueblo por entonces, gente ajena a mí y a mi familia, empezaron a dar sus hipótesis sin fundamento sobre lo ocurrido. Si se hubieran informado sabrían que mi enfermedad es genética, psíquica, y que viví durante diecinueve días y diecinueve noches en el Hospital Psiquiátrico Militar de Barcelona. Pero algunos, empecinados, decían y propagaban a los cuatro vientos que me había enganchado a la heroína, incluso llegaron a decir que estaba en el centro Retro de desintoxicación. Otros que siempre había sido un niño consentido y malcriado y que el servicio militar se me hizo largo, otros que había tenido traumas de niño…Todo esto lo sufrieron mis padres, a pesar de lo que tenían entre manos y lo que les quedaba por ver, padecieron muchísimo, tuvieron que soportar las malas lenguas, que sólo se divertían con las desgracias de los demás. Personalmente a mí, me importaba y me importa un pimiento verde las habladurías de la gente, sólo escucho a los míos, a mi familia, a mis amigos, los que me quieren, pero sufrí por mis padres, les hicieron mucho daño.

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  Doctor, es asombroso cómo puedo recordar, con todo detalle, lo que ocurrió en aquel hospital, a pesar de haberme atropellado el autobús de una enfermedad mental. No recuerdo lo que cené ayer, pero si me acuerdo todos y cada uno de los episodios de una serie que nunca emitieron en ningún canal de televisión. Los periódicos jamás publicaron un triste comentario de lo que allí pasó. Las vivencias eran intensas, gravadas en la piel con fuego, todo era nuevo, extraño, nunca he logrado olvidalo y además, mis dibujos me ayudan a recordar, son testimonio de todo lo que pasó. Un día vino mi hermana y mi cuñado a hacerme una visita, bueno, la verdad es que no dejaron de hacer viajes, no dejaron de ayudar y de sufrir. El día anterior, un compañero hizo un intento de suicidio y por suerte, fracasó. Los padres y su hija adoptada de unos cuatro o cinco años, de origen chino, llevaban todo el día en el hospital. Yo estaba en el salón mientras dibujaba a mi hermana y el paisaje que ofrecían las ventanas, parte de la ciudad y las montañas donde reina, en todo lo alto, el Tibidabo. La chinita se me acercó, le pregunté si era artista, me dijo que sí, arranqué una hoja al blog, le dejé unos lápices y se puso a dibujar. Yo estaba entusiasmado con mi dibujo y con lo que iba dibujando la niña, lo hice todo lo bien que pude. No podía soportar que alguien me pisara el terreno ni tan siquiera una niña pequeña, seguramente la edad que tendría yo en ese momento, por eso quizás, cuando terminamos de dibujar, hicimos migas, recuerdo que nos reímos mucho.

P.D: Doctor, la Lamotrigina está dentro de los límites, no hay que preocuparse.

Diego Latorre, Febrero 2015.

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