Dibujos en el Hospital V

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Querido Doctor,

  Eran frecuentes los controles médicos en el Hospital, para saber por donde andaba mi cabezota. Y yo, después de cada control, mientras el Doctor Beltrán tomaba apuntes del electroencefalograma, me dedicaba a plasmar lo ocurrido, mis lápices no querían perder detalle. Los reconocimientos médicos me gustaban, me hacían sentir importante, las ventosas del electroencefalograma me hacían cosquillas, me hacían reír. Era un niño, todo era nuevo e interesante, poseía la capacidad de asombro de un mocoso de cuatro o cinco años.

Hospital V, 1

  Terminé el control, me fui a la habitación, me puse los auriculares y arrimé la mesa y la silla junto al radiador. Mientras Dylan me seducía con su melodía y su revolución, era capaz de freír unos huevos con la imaginación, mi mente podía estar en el frío de Siberia y al instante pasar a la calor más intensa de un Agosto en Benidorm. Por momentos razonaba pero casi siempre, hasta los últimos cuatro días, no sabía ni quien era, perdí como ya sabe, mi identidad. Mis pensamientos infinitos no tenían rumbo fijo, muchas veces me aturdían todos a la vez, por eso trataba de concentrarme en mis dibujos, la única realidad que deseaba en aquellos tristes momentos. Sobre todo para los míos, que desde fuera, veían claramente que el hijo, el hermano o el amigo, estaba viviendo allí dentro, yo en el fondo, no tenía contacto con la realidad, estaba como una regadera, perdido en el tiempo, todo me daba igual.

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  Solo, en mi mundo, me sentía verdaderamente el único Dios, había creado una carcasa que me protegía del exterior. Los medicamentos me hacían hablar con torpeza y lentitud, tenía que pensar las palabras en cualquier conversación. Y además, con aquellos potingues, no lograba mantener la boca cerrada y eso producía que se me cayera esporádicamente la baba. Todo eso me causaba mucha vergüenza, trataba de evitar el habla, eso me hacía encerrarme aún más en mi mundo. Cuando me introducía en una página en blanco de un blog, escuchaba el sonido del lápiz o el rotulador sobre el papel, me sentía muy a gusto. Los dibujos me daban la calma, me libraban de las tormentas cuando sacudían sobre mi azotea. Al dibujar me libraba de los millones de pensamientos que bombardeaban sin piedad mi frágil mente y los transformaba en mi propia historia, en dibujo y en color.

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  A las seis y media nos daban la merienda, y al terminar, tomábamos los medicamentos. Muchos enfermos vomitaban las pastillas, ya que las monjas revisaban las bocas, los posibles escondites… así que entraban al lavabo y se provocaban el vómito, tan sólo lo hice una vez. Las monjas, dentro de lo que cabe, se portaban bien, a no ser que hicieras alguna gamberrada, que alguna hice. Ellas, junto a los médicos no dejaron de insistir en que me apuntara a alguna escuela de arte, de las de verdad. Y eso hice, al poco tiempo de salir del Hospital ingresé el la EADT, allí el primer año también la lié, pero eso es otra historia.

P.D: Gracias Doctor, he aprendido mucho con usted, le echaré de menos.

Diego Latorre, Marzo 2015.

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