Dibujos en el Hospital, VI

H VI, 1

Querido Doctor,

  Como bien sabe, en aquel hospital tan sólo lograron calmar mi crisis eufórica, no llegaron a diagnosticar mi enfermedad. Sólo pudieron amansar a la bestia, allí no padecí ninguna depresión, ésta me atacó al poco tiempo de abandonar la ciudad condal. El tiempo, por suerte, pasaba, también por allí, por el Tibidabo, por la habitación número diez del segundo pabellón donde habitaba. Poco a poco empecé a razonar con más frecuencia, podía más o menos, concentrarme. Era capaz de rellenar con color los dibujos sin salirme de la raya y empecé a trabajar con otro tipo de lenguaje, podía dedicarles más tiempo de trabajo. Poco a poco empezaba a ver la realidad como el resto de los cuerdos, con la mirada en la esperanza de ser lo que era.

H VI, 5

  A medida que iba mejorando, la dosis del medicamento la iban reduciendo y así hasta que me dieron el alta. Mientras, en la espera, seguí con mis dibujos, divirtiéndome, con esperanzas de desplegar las alas, de volver con los míos, de ver mi pueblo. Deseaba respirar sus fábricas, añoraba hasta el humo envenenado, tenía esperanzas de emprender el vuelo y volar lejos, muy lejos.

H VI, 2

  Inventaba nuevos mundos, nuevos paisajes, mis lápices surcaron nuevos caminos. Ellos me acompañaron en todo el tiempo que estuve allí, les cogí cariño. Eran mis herramientas para poder sobrevivir, me hicieron soñar y olvidarme de mi, aún aguardo alguno que logró sobrevivir.

H VI,4

  Las ventanas blindadas, lentamente, empezaron a abrirse dejando entrar oxígeno. La realidad fue apoderándose de mi mente, aunque aún me quedaban unos días y unas noches por vivir allí. Pero tampoco me preocupaba mucho, siempre he sido buen paciente y además me había acostumbrado al olor del hospital, a las paredes de mi habitación y a mi supuesto Picasso que nunca dejó de incordiar.

H VI, 3

  Es curioso, por entonces, sobre todo al principio de mi estancia en el Hospital, pensaba que aquello era una jaula, un lugar donde te privan de la libertad. Y ahora pienso todo lo contrario, fui por muchos momentos, eternamente libre, tuve la suerte de vivir aquellas experiencias, me han hecho fuerte. Fui el más grande, mucho más que los necios que nos gobiernan, realmente era un semidios. Mi doctor por entonces, Javier Beltran, me dijo, y pienso igual, que muchas personas pagarían por sentir, aunque sea sólo por un momento, mis estados de euforia. Eran la máxima alegría , la plena felicidad, la libertad más apabullante, el poder absoluto…Aunque no le deseo a nadie el precio que lo pagué por ello, todavía echo de menos ese estado de mi locura, pero maldigo, por descontado, a la cruel depresión, a su mundo sin esperanza, a su tortura…

P.D: Gracias por su paciencia.

Diego Latorre, Marzo 2015

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