Dibujos en el Hospital VII

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  Querido Doctor,

  Las horas pasaban en aquella casa de locos, me limitaba a esperar, a comer, a dormir y a dibujar. Mientras, en mi cuartel, en Melilla, mis compañeros se dedicaban a llevar el paso, a pelar las guardias, las imaginarias… Eran y fui carnaza del ejército de caballería de Alcantara 10. Al principio, en mi locura, llegué a pensar que mis lápices me libraron de allí, pero la enfermedad demostró a todos que no fue así.

  Desde mis primeros cuadros, cuando era pequeño, dibujaba esferas flotando en el aire, en vez de nubes, no me pregunté porqué, yo realmente tampoco lo sé. Me enteré con el tiempo que varios artistas también lo habían hecho, desde entonces las dejé de pintar. Pero en los últimos días de mi estancia en el hospital, las dibujaba, eran señal de que volví a ser yo. Los dibujos reflejaban mi pasión por la montaña, antes de ingresar al servicio militar practicaba excursionismo, escalada libre…, era persona, entre otras muchas cosas. Lograron anular mi vida durante once meses, el doceavo mes, como sabe, lo pasé en otro universo, con la mente perdida, abatida en un hospital.

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  En los dibujos siempre aparecían las montañas, las añoraba, deseaba escalarlas, necesitaba ver horizontes lejanos, respirar aire fresco, deseaba la paz, la libertad…, aunque verdaderamente la encontraba en los dibujos, creaba a mi antojo, paisajes, casas, cielos… me di cuenta que crear era uno de los mejores oficios.

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  No dejé de pensar en los consejos de las monjas y de los médicos, querían que al salir, me apuntara a una escuela de arte. Aunque todavía era un poco reacio a esa idea, le explicaré porqué;

  Cuando empecé a pintar, desde los ocho años, se dice rápido, era autodidacta y creo que siempre lo he sido, nunca he seguido las tendencias. Aunque a veces, por casualidad o por influencias, mi obra puede ser clasificada en algún movimiento artístico u otro. Trataba y trato de crear como si fuera la primera vez que el ser humano lo hace, luchando frente a un lienzo. En la escuela de arte me dieron las herramientas, conocí nuevas técnicas… no lo hicieron nada mal. Dejaron que investigara por mi mismo, me ayudaron a ser un buen autodidacta. Yo no entiendo nada de ciencia, pero hay estudios que dicen que la creatividad es genética, quien crea es porque nace con esa facultad, yo me atrevería a decir, con esa misión. Y en definitiva, ¿cómo iba a ser aprendiz de nadie habiendo vivido aquellas eufóricas experiencias en el hospital?, llegué a creer que era el único creador. Tenía curiosidad por aprender pero no me gustaba la idea de que otro me enseñara, no sabía lo que me iba a encontrar

  Cuando salí del hospital, se marchó mi orgullo a buscar espárragos, me di cuenta que me quedaba mucho por aprender. Cuando vi que era uno más entre diez mil, en cuanto pude, en mil novecientos noventa y dos, me apunté en la EADT (Escola d´Art de Tarragona). Me sirvió de mucho, aunque ese mismo año, volví a recaer, dejé los estudios y me volví a apuntar al año siguiente en cuanto pude.

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  Doctor, todas las historias tienen su fin. Llegó el momento de mi alta, había pasado diecinueve días en aquel centro. Allí llegué a ser un loco más, incluso el tonto del lápiz, para algunos, lo llegué a escuchar a mis compañeros. Aunque otros me admiraban, mas que por mis dibujos, que dejaban mucho que desear, por mi pasión por pintar, ellos se aburrían y yo me lo pasaba pipa. Mi estancia en el hospital nunca la vi como algo negativo, recogí frutos, vivencias de mi otra realidad, experiencias que han llenado de información mis arcas, mis archivos. Me armé de recuerdos que dan sentido a mi vida. Ese día me levanté temprano, tenía consulta con el Doctor Bertrán para hacerme el último chequeo. Después de la consulta fui directamente a la habitación de mi supuesto Picasso. Le desperté y lo levanté de la cama para colocarlo en su silla de ruedas. Lo saqué de la habitación, el sonreía, igual que yo, sabíamos lo que íbamos ha hacer. Y con todas mis fuerzas, empujé al teniente coronel por todo el hospital, haciendo “sprints” por los pasillos, el gritaba, blasfemaba de alegría, se burlaba como siempre de las enfermeras, de los pacientes, de todos, se había salido con la suya, disfrutaba como un niño. Cuando me cansé, lo dejé en su cama y me despedí, nunca me he reído tanto, le di lo que necesitaba en ese momento. Me despedí entre lágrimas por todos los que convivieron conmigo en aquel pabellón.

  Se abrió la puerta blindada, el soñado y añorado aire fresco acarició mi rostro, recuerdo que era un día gris, mojado, lo correcto para ese tiempo, algo normal para el resto de los mortales, pero iluminado, lleno de esperanza y de luz para mis ojos, para mi ser, volví a respirar.

P.D: Las obras que le he enseñado a través de las siete cartas, aconsejo a leerlas por orden, empezando por la entrada más antigua, son una selección entre muchísimos dibujos, aunque la historia haya acabado, algún día los seguiré publicando. Suerte, salud y gracias.

Diego Latorre, Abril 2015.

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