Los Duendes de mi taller

Los Duendes de mi taller blog

Diego Latorre, 2015. Polvo de mármol, látex, pigmento y spray sobre tela. 50×50.

Querido Doctor,

  Los dos protagonistas de la obra son dos de los cinco duendes que habitan en mi taller, vienen persiguiéndome desde hace muchísimo tiempo. Los descubrí cuando yo tenía catorce años, vivían en la habitación donde pintaba y dormía, cuando era adolescente, en casa de mis padres. Allí empezamos a convivir, me ayudaron en lo que pudieron. Pasaron los años, me independicé en solitario, con veintidós años, gracias a que abundaba el trabajo. A ver que joven de hoy puede hacerlo, no es que no hayamos evolucionado, es que hemos retrocedido con los años. Alquilé un viejo ático, pequeño, humilde, sin ascensor…, en la calle Estanislao Figueras número ocho, en Tarragona. Por lo visto los duendes, antes de salir de casa de mis padres, en Vilaseca, se habían escondido en los tubos de cartón que utilizaba para guardar las láminas. Sin darme cuenta los transporte a mi nueva casa, allí se escondieron en lo que fue mi taller, no pude verlos en semanas, tenían que, al igual que yo, adaptarse al territorio. Allí empecé a vivir en soledad, acompañado tan sólo por los duendes. Éstos hicieron todo lo posible para darme las fuerzas suficientes para poder crear, para luchar contra el olvido. Estuve viviendo en Tarragona  combinando el trabajo de fontanero-electricista con los estudios, por libre, en la escuela de arte de Tarragona, y además tenía que luchar con las frecuentes crisis que provoca una enfermedad tan cruel como lo es un trastorno bipolar. Estuve en el ático cuatro años, hasta que decidí mudarme, éste era demasiado pequeño y lo había invadido todo con mis obras, no cabía ni un alfiler. Ese fue el motivo, igual pasó cuando tuve que marchar por falta de espacio de la casa de mis padres. Decidí comprar un piso, y volví a la tierra que me vio crecer, tenía mucho más espacio, setenta y ocho metros cuadrados. Empecé con la mudanza, los duendes estuvieron pendientes para no perderme de vista. Por lo visto se metieron en la mesita de noche, la coloqué en la furgoneta y allá que nos fuimos todos. Allí, en Vilaseca, estuve viviendo ocho años, siete de ellos con la única compañía de los duendes, la luna y los amigos que nunca me dejaron de visitar. Y por supuesto, mi familia, que me vigilaba por mi seguridad, por suerte. Los duendes buscaron cobijo en el la nueva casa y yo volví a adaptarme, y empecé a invadirlo todo con mis trabajos. Pasé glorias y calvarios pero los duendes nunca me abandonaron, siempre estaban ahí, para las duras y para las maduras. Al séptimo año de vivir allí conocí a Emi, la cosa evidentemente cambió para mejor, llenó la casa de vida, regó las flores de las macetas de mi morada. Ella no puede ver a los duendes, eso es cosa mía, pero sabe y cree que existen, ellos estás encantados con ella. Pasó el tiempo y Emi y yo decidimos mudarnos, siempre por cuestión de espacio, el bajo B de la calle Comte Sicart, número ochenta de Vilaseca sacaba la lengua por la boca por el volumen de obras. Decidimos irnos a una casa más grande, en Almoster, donde seguimos viviendo, los cinco duendes, nuestros gatos, Chancho y Frida, Emi y yo. Empezamos con la mudanza, primero llevamos los cuadros, luego los muebles, la nevera, el televisor… Cuando vamos a hacer el último viaje, trato de localizar a los duendes, pero no los encuentro y me llevo un gran disgusto, después de buscar en cada rincón. Le doy gracias a la casa vacía, como siempre lo hago cuando me despido del lugar que ha acogido y me ha servido de refugio, y cierro la puerta por última vez, con indignación por no encontrarlos. Resulta que habían salido por una ventana a la calle y se habían enganchado en los bajos de mi furgoneta. Llegamos a Almoster, y cuando abro la puerta de la nueva casa, se descuelgan de la C-15, se cuelan por la puerta y corren hasta la parte mas alta de la casa, lo que es mi taller. Y aquí llevamos conviviendo casi diez años, cómo pasa el tiempo, por suerte o por desgracia, la casa empieza a encogerse de nuevo.

  Doctor, a los duendes nunca les he dejado trabajar sin mí, en mis obras el que manda soy yo. Pero ayer dejé preparado un lienzo en blanco y esta mañana he encontrado, por sorpresa, ésta obra que le adjunto y todo el taller patas arriba. Le prometo que esta obra no la ha pintado, ni Emi, ni Chancho, ni Frida ni yo, estoy seguro que han sido ellos, he visto sus diminutas huellas marcadas sobre el polvo de mármol, aunque reconozco, y me quito el sombrero, que lo hacen igual o mejor que yo.

  Que reinen siempre los duendes, las musas y el color, que impere el amor. Y que encarcelen a todos los gobernantes que estén salpicados por la corrupción.

P.D: Doctor, no se preocupe, todo va bien, suerte en la vida.

Diego Latorre, Agosto 2015.

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