Dibujos en el Hospital IV

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Querido Doctor,

  Las monjas eran las responsables de despertarnos, darnos de comer y de proporcionarnos los medicamentos. Éstas cumplieron con sus funciones y yo me puse a dibujar, con un toque Picasiano, había decidido enfrentarme a mi supuesto Picasso. Una vez terminada la obra, me dirigí, mitad hombre y mitad Dios, a la habitación del Minotaurio. Le expuse el dibujo y éste se enfureció, empezó a sacar escorpiones y culebras por la boca, hice lo mismo. Y además insistía, de malas maneras, en que le diera una vuelta con su silla de ruedas, me negué rotundamente, nadie estaba por encima de mí.

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  El viejo Teniente Coronel, tenía a todos los que habitaban el pabellón atemorizados, menos a mí, en el fondo lo que quería el hombre era que le prestaran atención, que le obedecieran. Toda su vida había estado por encima de los demás y lo echaba en falta, vivía entre el destierro, el olvido y la soledad, eso lo dice todo. Si no le daban una vueltecita, blasfemaba e insultaba a todo el mundo, era algo desagradable. Nunca cumplí su deseo, excepto el día que me dieron el alta, con el tiempo, cuando yo empecé a razonar, nos fuimos haciendo amigos. En poco tiempo dejé de creer que aquel hombre era el genio malagueño, que aquel lugar era una escuela de artistas y que mi razón era la razón si no una auténtica locura, aunque nunca dejé de dibujar. Entre mis dudas, el caos, los fuertes medicamentos y todo aquel potaje que tenía en la mente, decidí aislarme, sólo me centraba en mis dibujos, en el reino de la imaginación que me llevaba lejos, muy lejos.

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   Con mis dibujos me evadía de mi grave problema, me hacían sentir grande y poderoso. Podía recorrer los campos, los mares, estaba capacitado para crear grandes ciudades, montañas, podía crear un mundo nuevo, a mi antojo, para librarme del mío. Mientras, en Vilaseca, mi pueblo por entonces, gente ajena a mí y a mi familia, empezaron a dar sus hipótesis sin fundamento sobre lo ocurrido. Si se hubieran informado sabrían que mi enfermedad es genética, psíquica, y que viví durante diecinueve días y diecinueve noches en el Hospital Psiquiátrico Militar de Barcelona. Pero algunos, empecinados, decían y propagaban a los cuatro vientos que me había enganchado a la heroína, incluso llegaron a decir que estaba en el centro Retro de desintoxicación. Otros que siempre había sido un niño consentido y malcriado y que el servicio militar se me hizo largo, otros que había tenido traumas de niño…Todo esto lo sufrieron mis padres, a pesar de lo que tenían entre manos y lo que les quedaba por ver, padecieron muchísimo, tuvieron que soportar las malas lenguas, que sólo se divertían con las desgracias de los demás. Personalmente a mí, me importaba y me importa un pimiento verde las habladurías de la gente, sólo escucho a los míos, a mi familia, a mis amigos, los que me quieren, pero sufrí por mis padres, les hicieron mucho daño.

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  Doctor, es asombroso cómo puedo recordar, con todo detalle, lo que ocurrió en aquel hospital, a pesar de haberme atropellado el autobús de una enfermedad mental. No recuerdo lo que cené ayer, pero si me acuerdo todos y cada uno de los episodios de una serie que nunca emitieron en ningún canal de televisión. Los periódicos jamás publicaron un triste comentario de lo que allí pasó. Las vivencias eran intensas, gravadas en la piel con fuego, todo era nuevo, extraño, nunca he logrado olvidalo y además, mis dibujos me ayudan a recordar, son testimonio de todo lo que pasó. Un día vino mi hermana y mi cuñado a hacerme una visita, bueno, la verdad es que no dejaron de hacer viajes, no dejaron de ayudar y de sufrir. El día anterior, un compañero hizo un intento de suicidio y por suerte, fracasó. Los padres y su hija adoptada de unos cuatro o cinco años, de origen chino, llevaban todo el día en el hospital. Yo estaba en el salón mientras dibujaba a mi hermana y el paisaje que ofrecían las ventanas, parte de la ciudad y las montañas donde reina, en todo lo alto, el Tibidabo. La chinita se me acercó, le pregunté si era artista, me dijo que sí, arranqué una hoja al blog, le dejé unos lápices y se puso a dibujar. Yo estaba entusiasmado con mi dibujo y con lo que iba dibujando la niña, lo hice todo lo bien que pude. No podía soportar que alguien me pisara el terreno ni tan siquiera una niña pequeña, seguramente la edad que tendría yo en ese momento, por eso quizás, cuando terminamos de dibujar, hicimos migas, recuerdo que nos reímos mucho.

P.D: Doctor, la Lamotrigina está dentro de los límites, no hay que preocuparse.

Diego Latorre, Febrero 2015.

Dibujos en el Hospital, II

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Querido Doctor,

  Ingresé por la tarde en el Hospital Psiquiátrico Militar de Barcelona y al día siguiente, tuve la primera visita con el Capitán médico, por entonces, Javier Bertrán Delgado, unas de las personas que al cabo de los años me salvó el pellejo. Yo poseía mis lápices de colores, representándolos con lineas de color en mi mano, y una lámina siempre dispuesta. Para entrar en el centro, como ya le conté, me engañaron asegurándome, por mi bien, que iba a ingresar en una escuela de grandes artistas. Lo creí y mandé a mis padres a comprar material artístico, no se puede ir al colegio sin papel y sin lápiz. Así que en mi primera visita, le dí la mano al doctor y me abstuve de él y de su consulta, me dediqué a dibujar y a plasmar mi realidad, en su mesa, delante de él, lo tomé como un examen o un control. Se lo enseñe con orgullo, sonrió, tomó apuntes de lo que me pudo sacar hablando y me envió a la habitación.

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  Muchas veces dibujaba lo que añoraba, lo que faltaba en el pabellón de aquel Hospital, de ventanas brindadas y puertas cerradas. Mientras creaba, realmente Doctor, no estaba en aquel lugar, ni en Barcelona, ni en este mundo. Daba la sensación de vivir en otra dimensión, vivía en mis propios dibujos. Y en el silencio, sólo se escuchaba el sonido de los lápices recorriendo el papel, o la música que escuchaba del walki mientras los demás enfermos dormían extasiados por los medicamentos.

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  Otras veces dejaba bien reflejados mis estados a ánimo, cuando era grande, inmenso, el Rey de los reyes, o cuando estaba triste, dopado por los medicamentos. La euforia me hacía volar muy alto, estaba por encima del resto, saltaba, literalmente hablando, de alegría, de júbilo, todo era un éxito, vivía en otra dimensión.

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  Con el color llegué a hacer crecer a un monstruo en forma de flor, con los ojos agrietados por el cansancio y el Haroperidol, ya que en el Hospital no lograron diagnosticar mi enfermedad. Fue al cabo de los años cuando empecé a tomar litio y empezaron los médicos a conocer mi gran problema y sobre todo el de mi familia y amigos, perdidos en mi mente, por entonces no formaban parte de mi realidad.

Bueno Doctor, poco a poco le seguiré enseñando más dibujos.

PD: Gracias.

Diego Latorre, Enero 2015

Dibujos en el Hospital, I. Visita de Miguel Tarazaga

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Diego Latorre, 1991. Lápices de color sobre papel.

Querido Doctor,

  No logro entender al ser humano, no logro entenderme. Quisiera saber porqué existen las guerras, porqué amo a la luna, a Emi o a las estrellas, porqué gobiernan los necios en todo el planeta, porqué sufrí todas las tormentas…

  Cuando creé este dibujo, hacía una semana que habitaba, como Pedro por su casa, en el Hospital Psiquiátrico Militar de Barcelona. Como usted sabe, me ingresaron por salirme de la raya de la realidad , cumpliendo en ese momento con la patria en el cuartel militar de Alcantara 10, en la ciudad de Melilla. De allí me trasladaron a la ciudad condal. Pinté cientos de dibujos, las puntas de los lápices parecían de mantequilla. Son obras sencillas, infantiles, son el resultado de unas ganas inmensas de trabajar en mi oficio y unas dosis, para caballos, de Haroperidol, que hacía que se me quitaran de cuajo, para calmar mi euforia. Recuerdo que con unas insignificantes gotitas de aquel potingue, hacían, a parte de estar todo el día flipado, que se me cayera la baba, me costara hablar y que me olvidara de mi realidad. Pero intentaba, por todos los medios, captar aquellas vivencias con mis lápices, aunque no tuviera todas mis fuerzas para trabajar como quisiera. Doy la misma importancia a estos dibujos que al resto de mi obras, es más, les tengo un cariño especial. Pronto publicaré mas dibujos del Hospital, para algo aquel aprendiz de pintor del segundo pabellón, los creó.

  Situación, estaba tumbado en la cama, con una buena dosis de medicamento, como siempre. Tenía los lápices en la mano y un papel siempre disponible. Mi amigo, Miguel Tarazaga, mas que amigo, un hermano, ya que compartíamos rancho y litera en Alcantara 10, me hizo una visita que recuerdo agradable. Creo recordar, que no coordinaba en ése momento lo suficiente para hablar con la lógica y decidí captar el momento, dibujando. Yo, tumbado en la cama, con mis colores y mi amigo en el asiento. Decidí regalárselo, cosa extraña, porque por entonces no soltaba prenda, incluso hubo enfermos que querían comprar y ni por asomo lo permitía, para mi, eran extremadamente valiosos. Él, lo guardó con esmero, yo, ni me acordaba de la obra, después de veintitrés años, cómo iba a hacerlo. Gracias a las redes, después de tanto tiempo, nos hemos reencontrado y he podido rescatar la imagen de la obra. Desde aquí le envío a Miguel un fuerte a abrazo y le doy un millón de gracias, porque admiro a las personas, que por mucho que pase la vida, nunca te olvidan.

P.D: Doctor, la amistad es una de las mejores medicinas.

Diego Latorre, Julio 2014.

Guerra y Cielo

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Diego Latorre, 1985. Óleo sobre tela.

Querido Doctor,

  Tenía catorce tiernos años cuando pinté esta obra, ha llovido la friolera de veintinueve años desde entonces. Había terminado la EGB y como de la pintura no se podía comer, me inscribí en Formación profesional, por tener un futuro laboral y porque había poco donde elegir. Tenía claro, que no quería ser, ni de derechas, ni cura, ni del montón. El rechazo a la derecha me venía de las conversaciones con mi abuelo, lo pasó francamente mal, el y toda la familia, sin ninguna culpa, les tocó ser las victimas de la guerra y la posguerra. Decía que la derecha de Fraga, era la herencia del fascismo, aunque bien es cierto que se equivocaba, la prueba está en el gobierno de hoy. Son más o menos los mismos y todo el pueblo les abruma, por su comportamiento, por ayudar al trabajador, a los más necesitados…No toleran que alguien esté mal nutrido y nadie esté mal atendido en una sanidad pública ejemplar, actualmente la mejor del mundo, gracias a ellos, lo mio es la ironía. Tampoco quería ser cura porque nunca creí el cuento de la paloma y creía que ejercer de clérigo consistía en contar mentira tras mentira y además, siempre que entraba a la iglesia me aburría o me entraba el sueño. Y no quería ser del montón porque me sentía diferente, supongo que como todos los niños del montón.

  Por entonces mi estudio era mi habitación, bien lo sabía mi madre, cortinas, la colcha, el suelo manchado de óleo y todo lo que conlleva el oficio de aprendiz de pintor. Ocho años tardé en marchar, me emancipé por falta de espacio ya que estaba muy bien con mis padres.

  Este cuadro lo guardo con cariño y es el más antiguo que poseo, los anteriores, el tiempo los alejó, aunque permanecen en mi memoria.

Del cielo surgen misiles, el Sol es la Tierra, el agua la vida y el árbol talado, mi tristeza.

PD: De momento, el tema de la obra no ha pasado de moda y tampoco, por desgracia, fui pionero, desde aquí, ¡¡maldigo a las guerras!!. Disfrute de la primavera. Saludos.

Diego Latorre, Abril 2014.

Joven Pensador

Joven pensador, blog

Diego Latorre, 1992. Acrílica sobre tela. 85×60. Colección Alejandro Domingo.

Querido Doctor,

  No llegué a ir a la Universidad de Bellas Artes, estudié Formación Profesional hasta cuarto curso, con matemáticas de tercero por aprobar, aquello no era lo mío, aunque me sirvió de mucho. No pude permitirme el lujo de asistir a la facultad, provengo de una familia humilde, pero honrada y honesta, tenía que trabajar, allí todo era demasiado caro, matrícula, desplazamiento… no me lo pude costear . Luego me obligaron a cumplir con la patria e hice el servicio militar en el cuartel de caballería Alcántara 10 de Melilla. Allí tuve mi primera crisis, mi primera explosión incontenible, la locura desbordaba sobre la realidad, eso es algo que nadie mejor que usted conoce, para que le voy a contar.

Pasaron los meses y entré en la Escuela de Arte de Tarragona porque mi doctor, por entonces, Javier Bertrán Delgado, con el rango de comandante médico militar, las monjas y las enfermeras del Pabellón Psiquiátrico Militar de Barcelona, me lo aconsejaron. Siempre estaba pintando o dibujando, a todas horas por todos los rincones de aquel lugar, por mi habitación, en el comedor, por los pasillos…eso les debió impresionar.

  En la escuela de jóvenes artistas estudié dos años por oficial y el resto lo hice por libre. No tengo ningún título, no me siento nada orgulloso por ello, pero considero que no debería hacer falta. Para crear obras de arte y que la gente reconozca  tu trabajo, no hace falta ninguna medalla. Pienso que ni tan siquiera es necesario entender las obras de arte, basta con sentirlas y además, siempre he pensado que la obra es el mejor currículum.

  Empecé a pintar con ocho años y nunca he dejado de hacerlo, gracias, en gran parte, a las personas que me han apoyado, sin ayuda uno no puede superarse. Por suerte soy agraciado, hay muchas personas que me han alagado y muy pocas las que han hablado mal de mis trabajos. A todos les estoy eternamente agradecido, lograron que el joven triste, de vez en cuando, dejara de llorar.

  Tenía veintiún jóvenes años cuando pinté  Joven Pensador, por entonces trabajaba por las mañanas como electricista-fontanero y por las tardes estudiaba en la EADT. Allí conocí nuevos materiales, nuevas técnicas, me comparé y aprendí con otros jóvenes artistas y crecí, como hiedra en el muro.

  Han pasado muchos años de aquellas vivencias, las aproveché, experimenté y me apasioné, como un niño, en el inmenso mundo del Arte. Utilicé ese arma, en parte, para librarme, aunque sólo fuera por momentos de la enfermedad, por entonces no dejaba de incordiar.

 Doctor, el tiempo pasa demasiado rápido, parece que fue ayer cuando pinté éste cuadro, parece que fue ayer cuando tenía veintiún años.

  Por entonces a mi vida le hervía la sangre y pasaba mis jóvenes años de un estado de euforia, a una depresión. Tenía una vida inestable, pero creaba,  la mayoría de veces no merecía la pena el resultado, aunque por entonces me daba igual, pero creaba, bueno, mas bien manchaba. La pintura fue la mejor amiga, la mejor terapia, la única que sentía mis estados de ánimo, era mi cómplice, mi sangre…

 Me armé de mis colores y luché por una vida mas digna, aunque por entonces, sirvió de poco, la enfermedad no tenía compasión, no me dejaba en paz.

  Mi juventud quedó marcada, como la huella de una suela, la mía, estampada en la cabeza del joven pensador, que podría ser yo, eso lo simbolizaría todo, yo era mi propio verdugo dominado por la enfermedad. Suerte que pasaron más de diez años y vinieron tiempos mucho mejores, esperanzas, ilusiones, mejor salud, amor, suerte que se encendió la luz.

  Cuánto daría por cambiar éste mundo de locos, cuánto daría por que gobernase en esta barca a la deriva, la honestidad, cuánto daría porque reinara en este puñetero mundo, la Paz.

  Doctor, es muy tarde, he de ir a dormir, gracias por su dedicación, por sus sabias palabras y por su amabilidad, nos vemos pronto. Bona nit.

P.D: ¡Emi es un sol!

Diego Latorre, Octubre  2013.

Sombras en la Tierra

Diego Latorre, 1992. Óleo sobre tela, 65×50. +

   Querido Doctor, era la tercera de mis crisis y me atrapó a mis jóvenes veinte años. Mi madre se negó rotundamente a que me ingresaran el el sanatorio de Villablanca, en Vilaseca, la tierra que me vio crecer, y asumió el difícil cargo de poder soportar mi enfermedad, con todo lo que conlleva eso. El piso de mis padres se me hacía pequeño así que, de vez en cuando, iba a buscar el consuelo de la tierra, la luna y las estrellas para poder descargar mi euforia en el terreno que mis padres tienen en Les Pobles.

  En el bochornoso verano de mil novecientos noventa y dos, mientras los mejores atletas del mundo competían en las olimpiadas de Barcelona, yo me dirigía a las tomateras que tenía plantadas mi padre en su huerto mientras el Sol descargaba toda su energía en mi espalda desnuda y en mi cabeza. Mientras degustaba aquel rojo y jugoso manjar, recién cogido directamente de las matas, mi sombra en la tierra dibujaba el boceto de mi próxima obra, lo vi muy claro. Me armé en un momento de un lienzo, pinceles y óleos que iban a sustituir a los colores que mis ojos eufóricos observaban aquella tierra pura y fértil. Besé la tierra y puse el lienzo sobre ella y mi sombra encima del blanco intenso y luminoso de la tela,  el sol  intenso del medio día dibujó mi silueta, pensé que no era el único creador que habitaba por aquellas tierras, cosa de locos, ya sabe usted.

  La verdad, ahora que analizo al cabo de los años ésta obra, veo que no tiene nada que ver con la realidad, tan sólo con mi verdadera realidad de aquel momento, el color vivo que el sol hacia vibrar, era el dueño y señor de mis sentidos, era el agua de mis labios sedientos de vida, libertad y expansión.

  Esos días de crisis, mientras creaba y vivía como lo hacíamos antes, en la naturaleza y sin televisión, lejos de lo que conlleva la civilización, creí transformarme en un semidiós, en una estrella lejana, lejos del telediario de las guerras, lejos de la rutina, lejos de mi y aunque estaba sólo en el aquel universo, mi patria y mi bandera eran el Amor a la vida, a la existencia.

P.D: Doctor, ¡¿porqué tubo que venir luego la maldita depresión?!.

Diego Latorre, Marzo  2012

Naranja Sobre Naranja

Diego Latorre, 1991. Óleo y cuñas de madera sobre un cajón. 40×40.

  Querido Doctor, tenía veinte años cuando sufrí mi primera crisis eufórica, la más sorprendente por ser la primera, por el desconocimiento y realmente porque nadie lo esperaba, era joven, fuerte y tenía una gran personalidad, nunca había tenido ningún trauma en mi infancia, es más, fui un niño feliz, mi problema era genético.

  Estaba haciendo el servicio militar en Melilla hasta que me di cuenta de que no podía estar allí, más bien porque pensaba que era alguien muy superior a todas las estrellas juntas de todos los mandos que habitaban en aquel cuartel. Me vestí de paisano y me dirigí enérgicamente a la puerta principal de Alcántara 10, saludando y sonriendo al soldado de la garita y al teniente de guardia mientras salía a la calle. No dijeron nada porque era hora de paseo y me dirigí directamente al aeropuerto de la ciudad. Cogí el turbo hélice hasta Málaga y de allí, no se como, cogí un tren hacia el norte, a mi casa.

  Llego a la puerta, después de un ajetreado viaje, llamo, después de ocho meses sin aparecer, abre mi madre y no la reconocí, no la saludé como es debido después de tanto tiempo. Tampoco reconocí mi casa, la veía muy pequeña, en parte porque llevaba tiempo durmiendo en grandes naves y en gran parte porque era yo quien había cambiado por completo. Mientras, mis padres fueron a la guardia civil a contar lo ocurrido, ya que todavía era un soldado, no tenía ninguna intención de volver a la mili y vieron la situación al momento, me encerré en mi cuarto y vomité toda mi energía en varios cuadros, entre ellos, “Naranja Sobre Naranja”. Sólo le di una capa de color, esa obra la utilicé en un principio como excusa para mancharme las manos de pintura. Luego me llevaron al hospital Joan XXII de Tarragona y de allí al cuartel militar de esa misma ciudad.

  Me presentan al capitán y como si fuera mi mejor amigo, dándole palmadas en la espalda, le dije lo que realmente pensaba del ejercito español. Seguidamente pidieron una ambulancia.

  Mis padres seguían a la ambulancia por la AP-7 dirección a Barcelona y les saludaba como un niño en los asientos traseros de un autobús. Le pedí con insistencia al conductor que pusieran la sirena, creía que era el mas grande y quería que se enterasen todos. No quiso y me dio un cigarro para que me calmase un poco. Estaba convencido de que me llevaban a una escuela de  grandes artistas, ya que alguien me lo insinuó para que accediera a ingresar en el psiquiátrico.

  Llego al Hospital Militar de Barcelona, entro en el pabellón psiquiátrico, me toman los datos y me escapo corriendo hacia una habitación porque tenía unas ganas tremendas de orinar, abro la puerta, voy rápido al lavabo y mientras estaba haciendo la operación oigo gritar con fuerzas, ¡vete de aquí, esta es mi puta habitación! y conteste irritado subiendo el tono más aún, ¡¡cállate, no es para tanto!!. El tenía como pelo, tan solo una coronilla blanca, como la de Picasso, y la verdad, se le parecía mucho, así que lo vi claro, el gran genio no estaba muerto, estaba allí ¡conmigo!, era algo sorprendente pensé que tendría aquel hombre mas de cien años, realmente pensé que me habían llevado al lugar adecuado, a una escuela de “grandes artistas”.  Pero en el fondo mi Pablo, era un teniente coronel jubilado que el ejercito mantenía, ya que la familia no lo hacía y además tenía muy mala leche, pero menos que yo. Ordenaba, como si aún ejerciera su profesión, a todos los enfermos para que le dieran vueltas por el pabellón en su  silla de ruedas y los mareaba a su antojo,  pero conmigo no podía, ¡estaba por encima de el!.

   Aparte del genio de “Picasso”, todo era idílico aunque a veces no entendía el porque de los cristales brindados de ocho o diez  centímetros, ni  el porque de los medicamentos y las inyecciones que me ponían entre tres o cuatro enfermeros, ya que  tenía mucha fuerza, por entonces corría maratones, practicaba escalada deportiva, estaba hecho un tigre, les costaba muchísimo vencer a mi euforia y a mis fuerzas.  Tampoco entendía porque los domingos venía un cura al que siempre despreciaba, ni comprendía porque no podía salir de la “escuela” cuando yo lo deseara. Quise creer que todo eran pruebas para ser el mejor artista, como un concurso. Poco a poco fui despertando de mi euforia a base de buenos alimentos, reposo y medicamento.

  Mis padres me traían blocs de dibujo y colores ¡muchos colores¡. Creé cientos de dibujos que algún día le enseñaré, en aquellos momentos realmente pensaba que eran dignos de un genio, porque lo creía. Dibujaba emociones y cualquier cosa que se moviera, pero tan sólo eran dibujos infantiles de un joven sedado con fuertes medicamentos en un hospital psiquiátrico. Casi todos los enfermos pintaban o hacían algo creativo, en parte por eso creí la “bonita historia” a parte de estar como una regadera.

  Habían pasado diecinueve días en aquel pabellón y la noche anterior, uno de mis compañeros trató de quitarse la vida, tenía depresión. Vi demasiadas cosas feas en ese periodo de tiempo pero no quería creerlo. Por suerte me dieron el alta, pero sin diagnosticarme ninguna enfermedad.

  Le dí una gran vuelta y a toda velocidad al abuelo con su silla, porque quise, el reía y blasfemaba contra las enfermeras mientras le empujaba con todas mis fuerzas como despedida.

  Muchos compañeros de mi cuartel  pensaron que lo que me pasó fue un acto de rebeldía, pero no lo fue, a partir de entonces empezó a crecer mi currículum psiquiátrico de doctores que no daban nunca con la tecla, hasta llegar al Doctor Beltrán.  Por fin me diagnosticó trastorno bipolar y luego al cabo de muchos años llegué a usted, también he de reconocer que es un gran profesional.

  Entré en casa aún sedado y me puse con ganas pero sin fuerzas a dar otra capa de naranja sobre el anterior capa del mismo color de la obra que dejé sin terminar, sabía en ese momento que nunca más dejaría la pintura, bastante tiempo me robaron en el servicio militar. También estaba seguro de que todo lo que me pasó lo tenía que enseñar al mundo, estaba ¡obligado a pintar!, a expresarme, a crear.

  Al poco tiempo vi la otra cara de la moneda y caí en una fuerte depresión. Me costó mucho salir de aquel infierno, aunque esa es otra historia.

P.D: Doctor, dejo de escribir por hoy ya que ha terminado la hora de la consulta, aunque todavía tengo mucho que contar, lo dejamos para otro día. Saludos

Diego Latorre,  Noviembre 2011.

Doctor Beltrán

Diego Latorre, 1992. Látex y pigmentos sobre madera. 35×27

  Querido Doctor, deseo ser ¡libre! y poder salir, al menos una mañana de este otoño, de mi mente, porque por más que hago nunca lo consigo. Quiero deshacerme de mi cuerpo, de mi rostro, de mi piel y de mi pelo, pero no puedo. He de conformarme con lo que tengo, con lo que soy, con lo que pienso, porque es lo único que poseo. Y además, por desgracia, ¡esto es como las lentejas!.

  Digo yo, algo tendrá de bueno este entuerto, esta vida de valles y montañas, esta euforia mía y esta depresión del diablo y sus retorcidos cuernos.

 Quiero recoger todas las imágenes que ve mi hombre lluvia, como si fueran semillas de oro de flores mágicas de un Paraíso desconocido y las voy a guardar cuidadosamente, como un tesoro. Las voy a poner, con delicadeza, en carpetas de seda de la India, forradas de suave terciopelo y éstas, dentro de un baúl hecho de piel de cordero, madera de un fuerte roble y las patas serán de acero.  Lo cerraré y lo ataré con gruesas cadenas, tan solo lo abriré para crear mis obras en el futuro, si es que existe. Imágenes de todo tipo, de amor hacia las cosas pequeñas, otras de rabia de perro sarnoso sin hueso y otras tan puñeteras como la de mirarme al espejo y no reconocer en el, ni mi rostro, ni mi cuerpo, ni mi esqueleto, sin identidad, ¡perdido en el tiempo!.

  Me alejo de las penas, preparo mis colores, pinto su retrato, me dejo llevar por el vivo color  y alguna imagen que capté esta tarde en su consulta, mientras usted ojeaba enormes libros de psiquiatría y varios panfletos, buscando alguna solución, algún remedio.

  Firmo la obra y me voy feliz a la cama, amando a lo que soy, a lo que pienso y a lo poco que poseo.¡Amo a la Vida! ¡Amo al Arte!, al menos hoy, mi futuro es incierto.

P.D: Doctor, se que el retrato no se le parece mucho, he tenido que adaptarme a mi estado de ánimo, como siempre, gracias.

Diego Latorre,  Noviembre 1992

Mirando al Mar

Diego Latorre, 1992. Pasteles y Pierre Noire sobre papel. 63×30.

  Querido Doctor, el verdadero amor está por llegar, hasta hoy sólo he encontrado musas que miran hacia el mar.

  Mientras tanto, sueño al otro lado de mi cama y desde mi colchón viajo con la imaginación al país de la ternura, a la ciudad del cariño y la comprensión que nunca llega.

  Desde mi olvido, el silencio y la soledad invaden toda mi casa y desde mi estudio unos dedos manchados de colores pastel recorren el vacío inmenso del papel, que lleno con la esperanza de encontrar la solución a mis problemas sobre mi tristeza.

  Lamento no haber podido ser amado de verdad, quizás es que no he sabido amar. Y mis amores platónicos tan sólo enturbian mi triste mirada. Estoy cansado de estar solo, abandonado, porque no tuve el coraje de enfrentarme a unos labios y a unos ojos que nunca se acercaban.

  Pero no quiero perder mi autoestima, lucharé en la batalla que algún día me hará ganar la guerra.

  Y ahora le dejo con mi dibujo y mis palabras. Espero que algún día me ria de todo lo sufrido, del desamor y mi maldita enfermedad, que en estos tristes días de otoño corren por mis venas por mi alma en pena, si es que tengo, deseoso de conquistar algún corazón, o algo que se parezca a la felicidad.

P.D: Realmente no entiendo lo que me pasa. Por cierto, al final he decidido apuntarme a a la escuela de Arte, como usted y varias personas me aconsejaron. Aunque no tengo muchas ganas, creo que me irá bien conocer otras realidades.

Diego Latorre, Otoño 1992.

Perro Guardián

 

Diego Latorre, 1991. Lápiz y óleo sobre papel. 21×29.

  Mi perro guardián ¡muerde! porque no ladra. Defiende su territorio y marca con su orina todas las farolas de las calles abatidas por las guerras , y a todos los portales de los señores que crean las injusticias. Ataca a las piernas de los malditos dictadores que salen siempre huyendo, arrepentidos, con los trajes destrozados, perdiendo los zapatos…

  Hinca los dientes y destroza con sus fuertes mandíbulas a la codicia de los que permiten seguir echando el veneno dichoso a todos nuestros mares, a la Tierra, al cielo… Y Marte que se vaya preparando, por no hablar de la Luna. ¡Hay que ver cuanta mierda tóxica generamos!.

  Mi perro enfadado, con sus fuertes garras hace añicos la enciclopedia completa por fascículos de todos los fanatismos religiosos. Raramente mueve el rabo de contento, tiene mucho trabajo en defender su sistema.

  Aunque a veces se pone muy contento cuando le acarician y le dan mimos, en el fondo es muy manso, tan solo pide Amor y Respeto.

Diego Latorre,  Noviembre 1991.

Nuevo Universo

 

Diego Latorre, 1989. Cola y acrílicos sobre tela. 100×81.

 Tenia dieciocho años cuando creé mi primer cuadro abstracto, por así decirlo. Ya que desconocía por completo el término, las teorías y los encasillamientos que tanto odio. Desde entonces, día a día, lucho  por no caer en ellos.
  Me encerré en mi habitación-estudio, en el piso de mis padres. Abrí las ventanas de par en par y me lancé a trabajar con lo primero que tenía a mano, un bote de cola de contacto. Dejé por primera vez, en mi joven vida artística, el lienzo en el suelo. Hasta entonces siempre había utilizado el caballete, para mi era una novedad, un nuevo reto que me hizo olvidar por completo mis antiguas disciplinas personales, mis métodos. ¡Y me puse a investigar!
  Volqué directamente la cola sobre el lienzo, seguidamente escurrí los restos de diferentes tubos de acrílica sobre la cola. No tenía nada que perder y empecé sin saber como a restregar aquel potingue con las manos. Distribuyendolo por toda la superficie con movimientos rápidos, del centro a los laterales. Provocándo una sensación de explosión o de absorción, según lo mires.
  Las formas ovales representan para mi la única forma de vida en este ajetreado y nuevo universo, que se mueve a una velocidad ilimitada. Expulsando con potencia restos de materia, rocas imbatibles que surgieron de aquella noche, de esta obra y de aquel momento imborrable para mí.

Diego Latorre,   Diciembre 2010

Huellas en el Universo

 

Diego Latorre, 1990. Papel Maché y acrílica sobre tela. 100×81.

  Ya me siento un poco mejor, después de ver las malas noticias de siempre por la televisión. La verdad es que me enciendo muy fácilmente con las injusticias que nosotros mismos nos buscamos. No me siento orgulloso en absoluto de ser un ser humano. Tendría que haber nacido planta, el más asqueroso de los insectos, cualquier otro animal o  simplemente una piedra. Al menos respetaría la vida y estaría en equilibrio y armonía con la naturaleza. No provocaría daños irreparables en nuestro entorno, nuestra Tierra, nuestra propia casa. ¿Que será de nosotros en el siglo veintiuno al ritmo que llevamos?

  Es injusto dominarlo todo y arrasar con las últimas flores que surgen en las aceras. Contaminadas por nuestra insensatez, por nuestra “evolución”. ¿Es que nadie nos va a parar los pies?

  Sería feliz si al menos fuéramos castigados, aunque sólo fuera una gran riña. Que alguien nos gritara al oído lo sucios e injustos que somos con todo lo que nos rodea y con nosotros mismos.

  Pero dejo este tema, porque ya he dicho que me encontraba mejor. He superado el odio que tengo a mi mismo. Ya que soy cómplice de las guerras, del hambre y de la destrucción de nuestro preciado planeta Tierra

   Este mes he cumplido diecinueve años y me gustaría ir a alguna escuela de arte para aprender nuevas técnicas. Aunque me tendré que esperar un año porque en noviembre empiezo a mi pesar, el Servicio  Militar. Me gusta considerarme autodidacta, ya que nadie me ha enseñado ningún truco ni ninguna magia para crear mis cuadros.

  Pongo toda mi obra creada en fila desde el año mil novecientos ochenta y cinco hasta hoy. Ha llovido mucho desde entonces, aunque tengo incluso dibujos mucho más antiguos. Navego solo en mi barca por las aguas del mundo del arte desde que era un niño.

   Sitúo el lienzo en blanco detrás del último cuadro de la fila, en el suelo. Preparo una pasta con papel maché mezclado con acrílicos. Pinto un fondo en forma de universo y restriego el potingue ya listo por algunas zonas del lienzo, para dar textura a la obra. Me descalzo e impregno mis manos y mis pies con pintura, dejando todo el suelo hecho una pifia. Estampo mis huellas sobre este universo imaginario, como si fuera la primera vez que se haya hecho en la historia de la humanidad. Al más antiguo estilo cavernícola. De hecho poca diferencia hay entre aquellos humanos de palos, piedras, sangre y nosotros. Dudo mucho que hayamos evolucionado, si a caso a peor. Pero no me quiero enojar más, no es bueno para mi enfermedad.

  Pero a pesar de todo, soy una persona muy optimista, me gusta imaginar y soñar en un futuro cercano mejor, sin la maldad humana que corroa las entrañas de la Tierra, sin guerras. Pronto el mundo dará un giro de ciento ochenta grados para concienciarnos y empezar a rectificar. Para respirar de nuevo aire sano. Para poder beber de los ríos el agua pura y cristalina. Tal vez en diez, quince o veinte años, por la cuenta que nos trae. Ojalá que lluevan nuevas flores y frutos de esperanzas. Para empaparnos del Amor y el respeto que tendríamos que tener hacia la naturaleza, hacia nosotros mismos.

  ¡¡ Dulces Sueños !!

Diego Latorre        Mayo  1990