Los peces de Elia

Los peces de Elia

Diego Latorre, 1997. Pigmentos, látex y blanco de España sobre madera. 47×38.

Elia Bonmati, gran artista y amiga, fue una compañera de estudios en la escuela de arte de Tarragona, hace ya demasiados años. Compartíamos tabaco, café y aula, trabajábamos en el mismo rincón, fuimos buenos camaradas,   aprendí de sus trabajos.  He podido recuperar la imagen de la obra, que le pertenece desde siempre, me ha invadido de muchos y muy buenos recuerdos.

Página web de Elia Bonmati

Gracias Elia

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Palomas

Diego Latorre, 1994. Tapiz, 30×20

Timidez

Diego Latorre, 1994. Látex y pigmentos sobre madera. 138×54. Colección Emi Blasco.

  Querido Doctor, mi timidez, aparte de algunos inconvenientes, es una de mis virtudes, es una herramienta, yo diría fundamental, en el reino de todas las artes. Todo lo que no puedo decir por la boca lo digo con las manos, pintando, creando. Siempre tengo retenidas  las palabras que tenía que haber dicho y nunca dije y nunca digo. Me conformo con derramar color, aunque a veces daría mi vida entera por decirle con palabras, al oído de aquella chica, ¡te necesito! o por gritar fuertemente a las orejas de los que no quieren escuchar, ¡Respeto!, que dejen las guerras, que bajen el pan, que nos dejen a los pobres vivir en paz.

  Cojo una madera vieja y abandonada, supongo, que habitaba junto a los cubos de basura del portal donde vivo. Son tiempos difíciles para los plásticos de mi cartera y a veces recurro al reciclaje. Aunque yo personalmente soy el hombre mas feliz tenga o no tenga parné, eso si, que no me falte al menos, un trozo de carboncillo de una hoguera, un pedazo de papel y algo de pan. Aunque por suerte nunca me he visto en esa situación.

  Entro en mi piso-taller, libero a la madera del polvo de la calle, preparo los colores y me lanzo de cabeza al vació de una nueva obra, un nuevo espejo donde cualquiera puede mirarse.

  El personaje de la obra está en un mundo oscuro dentro de su mente y de sus entrañas nace un universo donde habitan las estrellas que lucen con timidez, tras su mascara

P.D: Doctor, ya tengo los análisis, nos vemos pronto. Saludos.

Diego Latorre,   Octubre 1994.

Equilibrio

Diego Latorre, 1995. Látex, pigmentos y cartón sobre lona. 81×100.

  Querido Doctor, estoy harto de este royo patatero. Siempre vuelo como un pájaro, por encima del pico más alto y luego caigo en picado a la tierra y me convierto en serpiente que se arrastra por el suelo, ¡no encuentro el equilibrio!. No hayo un punto intermedio, con euforia me dejo llevar por señales misteriosas que llegan  de mundos muy lejanos a éste, vete a saber de que universo, y creo que yo, soy ¡TODO!. Con depresión no soy ¡NADA!, me dejo caer en las manos de dioses tenebrosos que mortifican mi mente, torturándome con malos pensamientos, ni la luna me mece en sus brazos cuando estoy enfermo. ¡Yo soy el hijo del viento!.

  En mi barco no hay Efigie, ni amuletos y en lo alto del mástil siempre hay un cuervo que me persigue sin descansar cuando no estoy cuerdo. Mi mar es un saco de escorpiones, culebras y demás tormentos, que escapan cuando menos me lo espero y el bello horizonte de postal ni tan sólo sale en mis sueños.

  Mi realidad a veces es un sol radiante y otras veces es el más crudo de los inviernos, aunque es mucho peor, cuando me atrapa su frío aliento, quisiera estar muerto.

  Pero por lo que parece sigo adelante  aunque mi futuro lo veo incierto. Sólo se que estoy sólo, dentro de mi, con un carro cargado de preguntas sin respuestas y cómo único caparazón, mi pellejo.

  Doctor tengo que darle las gracias por su paciencia y por regularme tan bien el dichoso medicamento.

P.D: Gota a gota seguro que se llena el río de mi estabilidad, mi felicidad, lo deseo. Aunque a veces, como hoy, me siento cuerdo. Saludos.

Diego Latorre, Diciembre 1995

Lux

 

Diego Latorre, 1994. Silicona, látex y pigmentos sobre tela. 81×100. Vendido

Tengo veinticuatro años, casi un cuarto de siglo. Y aún no se que va a ser de mi el día de mañana. No se si seré un célebre alpinista, mamporrero en una granja o pinche de cocina en un hotel de la costa Dorada, y a mucha honra. Pero creo que al final acabaré de fontanero electricista, que sería lo más lógico después de mis años de experiencia. La verdad es que dedico más tiempo a los tubos de cobre y a los enchufes que a mis pinceles.

Lo que está claro es que nunca voy abandonar  mis colores, mi filosofía y mis ideales mientras pueda valerme por mi mismo. Lo que venga de malo o de bueno en la vida por la corriente del río llegará, quiera o no quiera.

Hace un frío siberiano, tan sólo una pequeña estufa de barras infrarrojas alegra un poco el ambiente helado que paso aquí, en el cuarto primera, número dieciocho de la calle Estanislao Figueres en Tarragona. Pequeño y humilde ático sin ascensor que alquilé para estar más cerca de las estrellas y más cerca de la escuela de Arte.

Voy a la cocina y pongo la cafetera al fuego. Me dirijo a mi habitación- estudio, pongo el lienzo en blanco en el suelo y empiezo a dar vueltas a su alrededor. Las ideas fluyen, aunque luego no sirvan para nada. Al final casi siempre me dejo llevar por el azar. Preparo los materiales y lo dejo todo a punto.

Suena la cafetera, me sirvo el café y enciendo un pitillo. Me dirijo de nuevo al lienzo, introduzco un disco al azar en mi tocata y pincho una canción cualquiera, la número diez de la cara B, por ejemplo.

Vuelco el material ya preparado sobre la tela y empiezo a restregarlo con las manos por toda la superficie. Con la música y los primeros colores me escapo muy lejos de mi ciudad, de mi país y de este mundo. A otro lugar aún más frío, hostil y oscuro, de momento.

Sigo pintando y surgen dos planetas azules que dan algo de vida. Seguidamente mi pincel se viste de blanco para dar algo de luz a este espacio que se ha creado, en algún lugar de mi universo. Otro vómito mental se a transformado en otra obra mas,  para de nuevo sorprenderme.

  Y mientras, la Tierra llora como un bebe, al que nadie hace caso. Aburrida de derramar sus lágrimas a los ríos, porque le hacemos daño.

Me quito la silicona y los pigmentos de las manos, me ducho y luego vuelvo al cuadro. Bajo el volumen de mi equipo, se ha hecho muy tarde. Pongo la obra en el caballete y me pierdo de nuevo en los colores aun frescos de mi universo. El mejor lugar para olvidar, pero también para soñar y desearos a todos desde aquí, un mundo mejor.

¡¡Saludos desde Lux!!

Diego Latorre   Diciembre  1994

Paisaje Onírico

 

Diego Latorre, 1994. Nogalina, látex y pigmentos sobre lona. 130×97. Vendido

  Estoy delante del lienzo en blanco. Tan solo trato de ayudar y dejo caer de mi pincel unas gotas de pintura sin predeterminar la cantidad ni el espacio que van a ocupar. Esas manchas me piden que sigua y me sugieren otra mancha más. El cuadro se va cuajando sólo, tengo que dejarme llevar por el azar. Cuando trato de imponer mi método al azar el cuadro se encoge y se autodestruye. En mi obra solo soy el aprendiz que observa, tan sólo mancho mis manos y libero los pájaros de la jaula de mi cabezota. Todo tiene que fluir como el humo, la niebla y el agua del río. Como nogalina en la tela mojada de mi paisaje onírico.

Diego Latorre,    Marzo  del 1994.