Ilusión

Diego Latorre, 2011. Látex y pigmentos sobre madera. 120×120. Vendido.

  Querido doctor, nunca perdí por completo la ilusión por vivir, ni por amar, ni por soñar, quizás por eso lo conseguí, a pesar de las fuertes tormentas.

  Una noche, en un sueño, una bandada de cuervos, con sus graznidos ahuyentaban a todas las personas de una ciudad sin vida, en descomposición, gris. En los ojos de todos los ciudadanos no se hallaba ni una chispa de esperanza, no tenían en sus pupilas ni la mas remota señal de alguna ilusión por seguir viviendo, casi todas las personas dejaron de luchar por sus problemas, se habían acostumbrado a ser esclavos de la dejadez y de la incomprensión. Y entre las gentes que  habían olvidado el color, surgió un super héroe, con pinceles, pigmentos y una flor que nunca marchitaba frente a la lluvia ni frente al sol.

  El personaje logró cambiar aquel mundo onírico y ese héroe, sorprendentemente, era yo. Aunque tan sólo fue un sueño y mucha gente ha soñado alguna vez con cambiar el mundo, disfruté mucho venciendo a la desesperación, a la frustración de toda aquella gente, sin risa, sin amor….

  Doctor, creo que para cambiar este mundo tan sólo hace falta tener ilusión por ello y buena gente, honesta, del pueblo, para que defiendan los intereses de todos. Para vivir dignamente,¡todos!, sin excepción, para que nadie nunca vuelva a pasar hambre como  prometió para si misma, Vivien Leig en lo que El Viento se Llevó. Y para cambiar nuestro mundo personal, si no es de nuestro agrado, mas de lo mismo, coraje e ilusión, es más, ese cambio es el primer paso a un mundo mejor.

  Que los sueños de las musas y de las buenas gentes algún día dejen de serlo. Que las balas se conviertan en pan, sin necesidad de un milagro divino, porque si fuera por esa causa estaríamos  todos apañados, para mi que el agua nunca se convirtió en vino, ¡todo era un cuento chino!. Que el cemento se transforme en flor, aunque queda un poco cursi, con esta última rima suena mejor.

P.D: Ciertamente, de ilusión también se vive y tristemente se vive sin ilusión, saludos.

Diego Latorre,  Septiembre 2011.

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Indiferencia

Diego Latorre, 2011. Caobina, látex y pigmentos sobre madera. 120×120.

Resignación

Diego Latorre, 2011. Caobina, látex y pigmentos sobre aglomerado. 120×120. Vendido

  Querido doctor, miro hacia atrás y veo en el archivo de mi memoria un montón de exámenes suspendidos, un jersey de lana viejo, un joven con sueños de alpinista y los malditos zapatos de un número menos. También cuelga de una percha una bata gris manchada de miles de colores, desgastada por el tiempo.

  También veo a millones de rostros resignados al son del viento, sin ilusiones. Preocupados por sus vidas, sin respuestas, con hipotecas y créditos hasta el cuello, pero sin intención por mover un solo dedo.  Aunque todo esto lo veo en el presente, concretamente en Agosto de un verano sin sol con la lluvia como armamento.

  La crisis, creo que sólo existe cuando nos toca realmente a nosotros, mientras tanto, rosas, una cerveza y un pepito de ternera con cebolla y pimiento.

  Doctor, soy optimista y creo que gota a gota se está creando el río de una revolución. Hay mucha gente resignada pero poco a poco se están indignando por un mal común y las ganas de vivir por un mundo mejor, más digno, están, a fuego lento, forgando la poderosa espada de acero del pueblo. Al menos eso espero.

P.D: Saludos y como siempre, gracias.

Diego Latorre,  Agosto 2011.

Recuerdos de Infancia

Diego latorre, 2011. Caobina, látex y pigmentos sobre aglomerado. 120×120.

Querido Doctor, recuerdo con nostalgia los primeros óleos que tuve entre mis manos, eran de la marca Tiziano, no de mucha calidad pero la suficiente para hacerme soñar y adentrarme en el maravilloso mundo de las Artes.

Según dice mi madre, porque yo no lo recuerdo, a comienzos de mis estudios de párvulos, pintar se me daba bien y  empecé a crear obras de arte por mi cuenta a partir de los ocho años de edad, ya han caído miles de chuzos de punta desde entonces. También recuerdo el primer caballete que me regaló mi tío José Roldán, con la intención de alegrarme los reyes. El ni se imaginaba que ese regalo iba a marcar por completo mi vida.

  A la memoria me vienen imagenes de lo orgulloso que se ponía mi abuelo Juan Diego cuando le enseñaba la obra recién acabada para que me diera su aprobación, aunque el hombre no entendiera mucho de pintura.  Además, por entonces también pintaba cosas raras que surgían de mi interior, de difícil compresión. El siempre me decía, con la misma palabra, como hubiera dicho cualquier abuelo a su nieto, que la obra era “fenomenal”. Y yo lo tomaba  como si lo hubiera dicho el mejor galerista, mi abuelo era el crítico de arte mas prestigioso que conocía por entonces. Quizás no supo de arte pero estoy seguro que entendió de mi y de mi obra, era el más puesto en la materia.

  Me vienen a la cabeza algunos pensamientos y algunos ideales que tenía por entonces, como el de quitar a mis padres del duro trabajo con mis pinceles, aunque por desgracia nunca logré conseguirlo. También quería cambiar el mundo pintando, pero creo que desde entonces va mucho peor, se a vuelto mucho más loco.

  Me acuerdo de mi profesora de primer grado de EGB, Maria Dolors Benet Sicart, aún tengo presente su nombre y sus dos apellidos, después de tantos años, porque fue la primera mujer que conquisto mi joven corazón, a parte de mi Madre. Ella descubrió en mí la pasión por la pintura. Era una mujer positiva y optimista, la mejor opción de pensamiento para el reciente final de una dictadura y era una enamorada de las artes. Nos motivaba con canciones de flauta y guitarra, frases positivas en la pizarra y a mi sobre todo con El Guernica. En el año 1981 gané un concurso escolar sobre el 100 aniversario de Picasso, del que estoy muy orgulloso. Y en horas fueras de clase, en el aula, pintaba a lápiz sobre una gran lámina de papel, el toro, el caballo y la guerra, en silencio, mientras María Dolors  observaba mi obra por encima de mi hombro. Me hacia sentir grande y ella se enamoró de aquella lámina así que le regalé el primer premio de aquel concurso, y lo hice encantado o tal vez embobado. Daría una de mis obras por ver aquel Guernica de nuevo, en gran parte marcó mi camino hacia el país de mis sueños.

  Cuando todavía era un mocoso ya pensaba para mi, que crear era mucho más que un lienzo y unas huellas sobre el. Era un refugio, un lugar  donde se crecía mas rápido, el espacio donde se preguntaba y donde casi siempre se hallaba  la solución. Mi pintura era mi morada y como no entendía muy bien la vida y la existencia, a todo eso, con mis pinceles le ponía color para darle alguna explicación.

  Poco a poco se fue creando el personaje que ha ido creciendo en edad pero que aun sigue siendo aquel aprendiz de pintor que hoy recuerda con nostalgia su infancia pintada de color.

P.D:  Doctor, no logro concebir mi vida sin el arte, no recuerdo haber vivido sin pinceles, sin tela y sin color. Me importa un pimiento verde el éxito y los laureles, tan sólo pintando me siento mejor. Aunque a nadie le amarga un dulce.

Diego Latorre,  Julio  2011.