Camino sin retorno

Camino sin retorno blog

Diego Latorre, 2015. Acrílica, caobina y polvo de mármol sobre lona. 52×121

Querido doctor,

  La vida es un camino sin retorno, mis pies me llevan a una única dirección. Almoster se enfada con la Luna, ella no deja de incordiarle con sus ronquidos y él no puede lograr concebir el sueño, cosas del matrimonio. Y en el cielo de la noche, los mochuelos y demás aves nocturnas tratan de cazar sin atino a las palomas adormiladas que huyen revoloteando, con torpeza, buscando cobijo entre la maleza. Y en el silencio de mi taller, los duendes buscan entre mis potingues, con sigilo, pociones mágicas para la nueva obra. Conecto la música, me dirijo al bastidor en blanco, vomito sobre la tela mis pensamientos y ofrezco a la vida color, sin esperar nada a cambio. Mientras, en el mismo universo, Plutón se enamora de Venus y Júpiter trata de cortejar a una joven estrella, por arriba todo va perfectamente. Lo malo es en la Tierra, lo que más abunda son los conflictos, la violencia se combate con más violencia, no hay tregua, todos creen tener la razón, todos defienden su piel, su bandera, su dinero, su religión…Pocos creen en la igualdad, o al menos eso parece, viendo cómo está el mundo. Doctor, ¿no sería más cómoda la vida pensando que todos somos lo mismo?. Y al mismo tiempo, se cometen asesinatos, Cristiano falla un penalti, estallan las guerras, llora Belén Esteban, la paz y el respeto huyen por debajo de la puerta. La locura se apodera de casi todos nosotros, apenas se logra diferenciar con la realidad. El mundo es un caos, la sociedad es enfermiza, triste… y al planeta apenas le queda aliento, no le dejan respirar. Seguiría con el desastre pero prefiero terminar pensando que, al menos esta noche, reina en mi mundo el color, la música que escucho, los duendes, la paz, el amor… Se ha de reconocer que, a veces, la vida es dulce.

P.D: Gracias de nuevo y saludos.

Diego Latorre, Agosto 2015.

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Duende indiferente

Duende indiferente blog

Diego Latorre, 2015. Polvo de mármol, caobina, spray y látex sobre tela. 40×40.

Querido Doctor,

  Este duende indiferente es el peor enemigo contra el cambio, si es que queremos cambiar el mundo a mejor, a él, le da igual todo. Está en contra de la esperanza, vive encerrado en su mundo, sólo desea que nadie le moleste. No quiere saber nada de las guerras, ni de la salud de su propio planeta…, le basta con sus cosas, su móvil, su ordenador, su sillón… Me han dicho que sólo le gusta ver los programas del corazón, no cambia nunca de canal, sólo le gusta Tele 5. Él es pesimista, cree que nada puede cambiar, no sólo lo piensa, trata de contagiar a los demás con su pesimismo, en ese aspecto si es muy insistente.

P.D: Saludos

Diego Latorre, Agosto 2015.

Los Duendes de mi taller

Los Duendes de mi taller blog

Diego Latorre, 2015. Polvo de mármol, látex, pigmento y spray sobre tela. 50×50.

Querido Doctor,

  Los dos protagonistas de la obra son dos de los cinco duendes que habitan en mi taller, vienen persiguiéndome desde hace muchísimo tiempo. Los descubrí cuando yo tenía catorce años, vivían en la habitación donde pintaba y dormía, cuando era adolescente, en casa de mis padres. Allí empezamos a convivir, me ayudaron en lo que pudieron. Pasaron los años, me independicé en solitario, con veintidós años, gracias a que abundaba el trabajo. A ver que joven de hoy puede hacerlo, no es que no hayamos evolucionado, es que hemos retrocedido con los años. Alquilé un viejo ático, pequeño, humilde, sin ascensor…, en la calle Estanislao Figueras número ocho, en Tarragona. Por lo visto los duendes, antes de salir de casa de mis padres, en Vilaseca, se habían escondido en los tubos de cartón que utilizaba para guardar las láminas. Sin darme cuenta los transporte a mi nueva casa, allí se escondieron en lo que fue mi taller, no pude verlos en semanas, tenían que, al igual que yo, adaptarse al territorio. Allí empecé a vivir en soledad, acompañado tan sólo por los duendes. Éstos hicieron todo lo posible para darme las fuerzas suficientes para poder crear, para luchar contra el olvido. Estuve viviendo en Tarragona  combinando el trabajo de fontanero-electricista con los estudios, por libre, en la escuela de arte de Tarragona, y además tenía que luchar con las frecuentes crisis que provoca una enfermedad tan cruel como lo es un trastorno bipolar. Estuve en el ático cuatro años, hasta que decidí mudarme, éste era demasiado pequeño y lo había invadido todo con mis obras, no cabía ni un alfiler. Ese fue el motivo, igual pasó cuando tuve que marchar por falta de espacio de la casa de mis padres. Decidí comprar un piso, y volví a la tierra que me vio crecer, tenía mucho más espacio, setenta y ocho metros cuadrados. Empecé con la mudanza, los duendes estuvieron pendientes para no perderme de vista. Por lo visto se metieron en la mesita de noche, la coloqué en la furgoneta y allá que nos fuimos todos. Allí, en Vilaseca, estuve viviendo ocho años, siete de ellos con la única compañía de los duendes, la luna y los amigos que nunca me dejaron de visitar. Y por supuesto, mi familia, que me vigilaba por mi seguridad, por suerte. Los duendes buscaron cobijo en el la nueva casa y yo volví a adaptarme, y empecé a invadirlo todo con mis trabajos. Pasé glorias y calvarios pero los duendes nunca me abandonaron, siempre estaban ahí, para las duras y para las maduras. Al séptimo año de vivir allí conocí a Emi, la cosa evidentemente cambió para mejor, llenó la casa de vida, regó las flores de las macetas de mi morada. Ella no puede ver a los duendes, eso es cosa mía, pero sabe y cree que existen, ellos estás encantados con ella. Pasó el tiempo y Emi y yo decidimos mudarnos, siempre por cuestión de espacio, el bajo B de la calle Comte Sicart, número ochenta de Vilaseca sacaba la lengua por la boca por el volumen de obras. Decidimos irnos a una casa más grande, en Almoster, donde seguimos viviendo, los cinco duendes, nuestros gatos, Chancho y Frida, Emi y yo. Empezamos con la mudanza, primero llevamos los cuadros, luego los muebles, la nevera, el televisor… Cuando vamos a hacer el último viaje, trato de localizar a los duendes, pero no los encuentro y me llevo un gran disgusto, después de buscar en cada rincón. Le doy gracias a la casa vacía, como siempre lo hago cuando me despido del lugar que ha acogido y me ha servido de refugio, y cierro la puerta por última vez, con indignación por no encontrarlos. Resulta que habían salido por una ventana a la calle y se habían enganchado en los bajos de mi furgoneta. Llegamos a Almoster, y cuando abro la puerta de la nueva casa, se descuelgan de la C-15, se cuelan por la puerta y corren hasta la parte mas alta de la casa, lo que es mi taller. Y aquí llevamos conviviendo casi diez años, cómo pasa el tiempo, por suerte o por desgracia, la casa empieza a encogerse de nuevo.

  Doctor, a los duendes nunca les he dejado trabajar sin mí, en mis obras el que manda soy yo. Pero ayer dejé preparado un lienzo en blanco y esta mañana he encontrado, por sorpresa, ésta obra que le adjunto y todo el taller patas arriba. Le prometo que esta obra no la ha pintado, ni Emi, ni Chancho, ni Frida ni yo, estoy seguro que han sido ellos, he visto sus diminutas huellas marcadas sobre el polvo de mármol, aunque reconozco, y me quito el sombrero, que lo hacen igual o mejor que yo.

  Que reinen siempre los duendes, las musas y el color, que impere el amor. Y que encarcelen a todos los gobernantes que estén salpicados por la corrupción.

P.D: Doctor, no se preocupe, todo va bien, suerte en la vida.

Diego Latorre, Agosto 2015.