Viaje en barca al universo

Texto revisado por Lluís Virgos.

Ilustraciones: https://diegolatorre.wordpress.com/category/43-viaje-en-barca-al-universo/

 

A los lectores que conozcan Almoster, el pueblo donde vive mi amigo Diego, les sorprenderá que los protagonistas de Viaje en barca al universo –el propio Diego y su peculiar familia– empiecen sus viajes fantásticos desde “la playa de Almoster”. Almoster no tiene playa. Sus casas se yerguen apiñadas sobre una estribación de las montañas de Prades, y desde sus ventanas, balcones y terrazas se contempla no una playa sino la amplia llanura del Camp de Tarragona, que se extiende hasta juntarse en la línea del horizonte –eso sí– con el mar Mediterráneo. Si uno tiene la suerte de que Diego lo invite a su casa, y lo haga subir a la terraza donde tiene su taller, podrá gozar del espectáculo de esas vistas: campos de cultivo, otros pueblos, ciudades, carreteras, la petroquímica, el aeropuerto, polígonos industriales, los pueblos turísticos de la costa; y al fondo, el mar azul.

¿Por qué, entonces, Diego, en su imaginación, hace que el mar llegue hasta los pies de Almoster? Yo tengo una teoría al respecto, que Diego podrá corroborar –o no– la próxima vez que nos veamos: Almoster sí tiene otro mar. Es un mar que solo puede verse de noche, cuando los afanes y trasiegos diurnos han cesado. Ese mar se ve –si uno está en paz consigo mismo– desde la misma terraza desde la que de día se contempla la llanura. Es un mar sin olas, oscuro, sereno, de aguas transparentes. En la opacidad de la noche es solo visible gracias a que desde su fondo titilan miles de lucecitas diversas.

Y ahí, apoyado en la barandilla de su terraza, me figuro a Diego con la vista perdida en la superficie de ese otro mar que separa nuestro mundo del de las estrellas, imaginando viajes fantásticos a otros planetas habitados por seres libres de codicia y crueldad, para luego plasmarlos en la narración y en los cuadros que vienen a continuación. Viaje en barca al universo es una historia sobre viajes a otros mundos solidarios en donde sus habitantes desarrollan su humanidad libremente, en contraste con el mundo que brilla desde el fondo del mar de Almoster.

La historia fue pintada y escrita en el año 2016. Eso era antes de que Diego se nos transformara en el Hombre Caracola. Pero el anhelo es el mismo que podemos encontrar en la obra de ambos. Y el resultado también: hacernos recordar a los olvidadizos habitantes de este planeta que podemos ser mucho mejores. Gracias Diego. Gracias Hombre Caracola. ¡Buena lectura!

Luis Virgos, julio de 2018

I

Viaje en barca al universo

Querido Doctor:

Una noche de la semana pasada estaba con Emi tomando un baño en la playa de Almoster, junto al club náutico. Los cinco duendes y nuestros gatos jugaban en la arena. La temperatura era ideal. En la orilla descansaban los restos de una vieja barca abandonada, desgastada por el viento, la arena, el tiempo y la sal. Decidimos reconstruirla, pero todo en ella estaba descompuesto. Solo se pudieron librar de la hoguera cuatro o cinco tablones, y con eso nos bastó. Lo que quedó de la vieja barca fue pasto de una hoguera que iluminaba toda la playa en torno a la cual bailábamos todos como locos de alegría, cantando viejas canciones de amor, desnudos frente al mar. Quedamos extasiados. Se apagó el fuego y descasamos tumbados en la arena, mirando a las estrellas. Nos levantamos todos y nos pusimos manos a la obra: en hora y media logramos construir la nueva embarcación, pequeña pero resistente e inhundible, lo necesario para emprender el viaje al universo. Zarpamos a las doce y tres minutos de la madrugada. Los duendes estaban atemorizados –odian el agua– y se escondieron en el fondo de la barca y no se movieron en todo el viaje. Chancho y Frida pescaban algún que otro pez con sus zarpas, y no lo hacían nada mal. La brisa marina empapaba con delicadeza nuestros cuerpos, que brillaban como miles de perlas por el reflejo de la luz de millones de estrellas. Íbamos bien encarados; solo era cuestión de dejarse llevar. Pasamos por Castellvell, luego por el mar de Reus, hasta llegar a Cambrils; de allí al Mediterráneo, cada vez más cerca del Universo. Realmente éramos felices. No poseíamos más que el amor. No teníamos miedo ni ningún rencor. No teníamos móviles ni tan si quiera la tecla b del teclado de ningún ordenador. Mientras nos abrazábamos, la barca seguía su rumbo, sin vela, sin viento y por supuesto sin motor. Habíamos navegado más de catorce mil millas y la frágil embarcación empezó a hacer movimientos extraños. Bruscamente empezó a enfurecerse. Nos agazapamos todos y la barca se arrancó con la velocidad del diablo a volar hacia el universo. El mar se hacía cada vez más pequeño. La tierra se convirtió en una esfera de unos ocho centímetros. La barca, a pesar de viajar a tanta velocidad, se estabilizó. Todos nos relajamos. Los duendes incluso empezaron a cantar el estribillo pegadizo de una alegre canción. Todos recuperamos el aliento y al momento nos carcajeamos sin ningún pudor. Pasamos por Venus, por Júpiter, por Saturno… por todos los planetas conocidos por el hombre, hasta llegar a Táshara por poner algún nombre al primer planeta desconocido que descubrimos. Abatidos por el largo viaje, faltos de alimento, aterrizamos en una de sus playas. Fuimos muy bien recibidos por sus gentes, a pesar de que no éramos reyes ni líderes de ningún otro planeta. Fueron muy solidarios con nosotros, nos abrazaron nada más tocar la arena, nos alimentaron y nos tomaron como hermanos sin ni siquiera conocernos. Como debería de ser. Y así en todos y cada uno de los nuevos planetas adonde la barca nos llevó. Todos los habitantes del universo desconocido eran comprensivos; el respeto y el amor era su única bandera. Era algo sorprenderte, inimaginable. La barca nos llamó: era hora de volver al planeta que nos vio nacer. A pesar de sus gentes injustas, insolidarias y destructivas, la Tierra desde arriba se veía eternamente bella, como si allí no hubiera guerras, como si allí se gobernara como lo hacen los habitantes de Táshara o de cualquier otro planeta. Aterrizamos en aguas de Cambrils. Regresamos por el mismo camino: pasamos navegando por Reus y Castellvell hasta llegar a la playa de Almoster. Amarramos la barca y todos caímos rendidos sobre la arena, aunque cargados de vida, con la sensación de ser inmortales, semidioses, o algo por el estilo. Quemamos la barca para que ningún terrícola la aprovechara para destruir nuestro universo y nos dirigimos a casa.

Abro la puerta. Estamos todos; no falta nadie. Subo al taller a contar nuestra experiencia que nadie nunca creerá –mejor así–. Pinto Viaje en barca al universo, le escribo esta carta, doctor, la publico y me voy a dormir. Pienso en el universo junto a Emi. Los duendes duermen plácidamente, con una sonrisa en sus bocas; algunos roncan. Chancho y Frida sueñan con sardinas y la Luna se enfada con Almoster. Este ronca también. Todo bien.

II

Viaje en barca al mar de Ánadul

Doctor, la nueva barca nunca llegó a funcionar. Nos subíamos todos a ella y no quería moverse de ninguna manera. Habían pasado dos años y un día de nuestro primer viaje, y nosotros seguíamos rigiéndonos por la energía de los planetas. Cumplíamos a rajatabla las leyes de Táshara en la Tierra. Imagínese lo que dirían de nosotros: si antes por mi enfermedad era en boca de muchos “el loco del pueblo” –cosa que nunca me importó–, ahora a Emi y a mí nos llamaban con desprecio “los galácticos”, entre otras cosas mucho más desagradables, porque pasábamos mucho tiempo mirando las estrellas, nuestro universo. Y la verdad es que sí, realmente éramos seres galácticos, libres como Venus o Neptuno y fuertes como Júpiter o Uranio… Respetábamos a todo el mundo. Esa era la primera condición: para nosotros no había diferencias. Lo que teníamos lo compartíamos. Se daba primero al que más lo necesitaba. Solo queríamos permanecer sin bienes, sin “esto es lo tuyo”, sin “esto es lo nuestro”… Pero en la Tierra no se funcionaba así, y lo sabíamos. Estábamos poseídos por lo más profundo de nuestras vivencias y nadie apostaba por nosotros. Para la gran mayoría éramos gente rara, enfermos…, pero no nos importaba. Nos regían leyes diferentes: a nosotros, la del universo; y al resto del planeta, sus propias leyes. Tan solo era eso: nosotros queríamos la paz en toda la existencia y la gran mayoría de los humanos preferían enrabiarse o matarse entre ellos, vivir con el odio como bandera, hacer sufrir a su propio planeta… Era algo absurdo e incomprensible.

Cuando creaba en el taller, la materia prima la extraía de los sueños. Los nueve soñábamos, desde aquel viaje, con un nuevo planeta cada noche, aunque fuera imaginario. En territorio onírico hacía mis esbozos y al despertar me ponía a trabajar. En uno de mis sueños, una noche hicimos una visita en barca al Mar de Ánadul, un nuevo planeta que tan solo está en nuestras mentes, en nuestros corazones…

III

Viaje en barca a Áxel

Una noche un viento violento agitaba con rabia las ramas de los árboles. El viento fue enfureciéndose y destruyó casas, arrastró coches y arrancó bruscamente los árboles de la tierra. La furia de aquel viento logró abrir un hueco entre la capa de nubes que hacía demasiado que cubría la tierra y se pudieron apreciar las estrellas, vibrantes e intensas como nunca se habían visto. El poder mágico del firmamento en todo su esplendor absorbió por completo las mentes y los corazones de todos los habitantes del planeta, que sintieron por un instante la enorme energía del universo. Por unos segundos las guerras, las leyes y las ambiciones del hombre fueron olvidadas. El poder de Saturno, la pasión de Neptuno, la belleza de Venus eclipsaron sus vidas. Fueron eternamente jóvenes y felices durante los veintisiete segundos en que las nubes tardaron en cerrarse. Luego se mantuvieron sonrientes durante días, hasta que se les volvió a olvidar la paz: reconstruyeron sus casas; fabricaron coches nuevos a miles, a millones; lo contaminaron todo de nuevo. Sus antiguas leyes volvían a regir.

Nosotros Emi, los cinco duendes, Chancho, Frida y yo seguíamos dominados por la fuerza del cosmos. Aquel viaje marcó nuestras vidas, nuestra manera de ser. Regresamos a casa, subí al taller, preparé el bastidor, vomité el color, firmé la obra del sueño del día anterior. Surgió otro planeta imaginario. Sus bombarderos, en forma de nubes, se apoderaban del cielo del nuevo planeta, como lo hacen continuamente en la tierra. Se mezcló el sueño con imágenes de la realidad de los telediarios. Bauticé el planeta con el nombre de Áxel. Me lavé las manos, cerré la puerta del taller y bajé al salón a buscar a Emi. Subimos a la terraza, nos tumbamos en el suelo y contemplamos, como siempre, el universo. En ese preciso momento en otras partes del planeta se robaba al más necesitado, se lo dejaba morir de hambre; hombres codiciosos se apoderaban de los sueños del pueblo, y la sombra de la guerra atemorizaba a pobres e inocentes corazones. Era muy triste, demasiado. Nos fuimos a la cama, se apagaron las luces y volvimos a soñar…

IV

Viaje en barca a ninguna parte

No hay nada eterno. La energía que poseíamos iba menguando. Había pasado mucho tiempo desde el viaje y los problemas de la humanidad nos importaban cada vez más. No podíamos esconder la cabeza: francamente el mundo iba a peor. Los sueños creaban obras donde se mezclaban los planetas imaginarios con la realidad. Incluso llegábamos a preguntarnos si aquel viaje no había sido más que un hermoso sueño. A ratos pensábamos que no hay más ley que la ambición y la guerra. Con todo seguíamos admirando las leyes de Táshara y sabíamos que en los otros planetas se vivía en perfecta armonía. Deseábamos con todas nuestras fuerzas volver a viajar por el universo, queríamos obtener respuestas, soluciones para combatir las leyes del hombre en la Tierra. Queríamos pedir auxilio.

En la zona donde vivo la montaña más alta es la Mussara. Allí nos fuimos. Al cielo le habían borrado todas las nubes, las estrellas iluminaban el camino. Paramos en una gran losa, con vistas a los pueblos, las ciudades y las fábricas, que brillaban en la noche. Estuvimos en ella tumbados hasta muy tarde, con el alma dividida entre la alegría de existir y la tristeza de hacerlo en un planeta equivocado, gobernado por locos y asesinos. Las viejas estrellas morían con dignidad, generosamente, convirtiendo su muerte en fuegos artificiales intensos y fugaces, a cuya luz pedíamos nuestros deseos que volaban con el viento a ninguna parte, sin ningún destino.

Refrescó y volvimos a casa. Los duendes se fueron a dormir. Chancho y Frida jugaban en el salón. Emi se quedó un rato viendo la televisión. Subí al taller, reflejé mis sueños, cerré el telón y acabó la función. Me asomé al balcón de la terraza: en Almoster dormían todos los gatos; se escuchaban los ronquidos lejanos de algún vecino; habían abonado campos cercanos y olía a estiércol, aunque no desagradaba. Mejor eso que los malos humos de la refinería o el veneno de las químicas. Bajé a la habitación, besé a la musa dormida y me fui a descansar al otro lado del colchón. En búsqueda de un nuevo planeta, me lancé al vacío, cerré los ojos y logré concebir el sueño.

V

Viaje en Barca al Mar de Adabá

Las primeras luces del día, muy tenues –aún no había salido el sol–, se filtraban con timidez por las rejillas de la celosía. En la calle alguien subía la persiana de un garaje, seguramente algún trabajador madrugador. Mientras, yo daba vueltas en la cama. Tenía sueño, pero no lograba conciliarlo; mi mente estaba en tierra de nadie. Pasó una hora. Los pájaros cantaban con la alegría de haber sobrevivido a la fría noche. Las campanas de la iglesia tocaban las siete y media. Era el momento de levantarse. Fuimos todos –los duendes, los gatos, Emi y yo– a la playa de Almoster, desde donde hacía ya más de dos años habíamos zarpado a aquel viaje inolvidable. El mar estaba arisco, enfurecido. El sol, a pesar del frío invierno, pegaba con fuerza y nos hacía sentir el poder del universo. Su energía nos proporcionaba una felicidad que por momentos anulaba la amargura que nos provocaban los conflictos de la sociedad. Paseamos a lo largo de los tres kilómetros de playa que tiene nuestro pueblo, hasta llegar al espigón, al final del cual se encuentra el faro, lugar con mucha magia que yo utilizaba hace muchos años para espantar a los demonios de mi depresión. Rodeados de olas encrespadas, parecía que estábamos dentro del mar. Eso me hizo recordar el sueño del día anterior transcurrido en el Mar de Adabá –otro planeta imaginario–, sueño que se mezcló con la realidad de la contaminación. Las olas embravecidas rompían su furia contra las rocas, dejándonos completamente empapados, pero no nos importaba, es más, dábamos saltos de alegría. El poder del universo seguía gobernando nuestros corazones a pesar de los serios problemas que tenía el hombre en la tierra. Regresamos a casa de nuevo por la playa, dejando todo tipo de huellas en la arena: las de los cinco duendes, las de los dos gatos, las de Emi y las de un servidor. Entramos en casa y nos acomodamos en el suelo de la terraza para contemplar las luces y el movimiento del universo.

Creo Viaje en barca al Mar de Adabá, me lavo las manos, me despido con un cuento para poner a dormir a los duendes y cierro el taller. La Luna y Almoster duermen como niños. Bajo las escaleras, acaricio a Chancho y a Frida, entro a la habitación, beso a la musa y me acuesto esperando soñar con un nuevo planeta, pero sin olvidar este en el que habito que, por muy mala gente que esté gobernándolo, me ha visto nacer, crecer y me verá morir. La Tierra me dio la vida y me hizo ser lo que soy. Todo ser humano tendría que estarle agradecido.

VI

Viaje en barca a Gashá

Una vez más el sol despertaba al otro lado de la celosía. En la habitación las líneas se definían, surgían formas, los colores se encendían, las sombras de la noche se disipaban… Los duendes bajaron del taller y despertaron a los gatos. Salimos todos de la habitación y metimos en una mochila ropa, agua y algo de comida para ir de excursión a ninguna parte. Nuestros pies nos llevaron a las cumbres de las montañas más altas, a la serenidad de los desiertos, a la calma del azul de los mares y los cielos, pero no hallamos ninguna respuesta a nuestras preguntas. Buscábamos sin rumbo ni acierto alguna solución para los males del hombre moderno. Pero nosotros –simples amantes de los planetas y de las constelaciones– no estábamos preparados para cambiar el mundo. Necesitábamos ayuda de otra parte del universo.

Mientras, los países se destrozaban los unos a los otros sin escrúpulos. Imperaban el odio, la venganza y el terror. Los cuerpos de las víctimas inocentes yacían en el suelo, sin sentido alguno. Fabricantes de armas, traficantes, terroristas, políticos, y muchas otras personas a las que no les importa sembrar el terror, creaban las guerras para llenarse los bolsillos con el asesinato a sangre fría del pueblo inocente de todo mal. Siempre era así. Esos miserables se frotaban las manos escondidos entre las sombras, sin mancharse, sin oler a humo ni a pólvora, sin oír la metralla ni los gritos.

Nosotros seguíamos soñando en poder viajar de nuevo por el universo. Echábamos de menos la hospitalidad y la solidaridad de los habitantes de Thásara y de los otros planetas hermanos. Estábamos seguros de que ellos tenían la solución. Eran inaguantables los conflictos del ser humano, sus guerras, su avaricia… No lo podíamos entender: se asesinaban entre ellos siendo hermanos, teniendo la misma sangre, las mismas manos, el mismo latido del corazón. Era algo inexplicable, lejos de toda lógica.

Regresamos a Almoster. Traté de reflejar en una nueva obra el sueño que el día anterior había tenido Emi. Como le conté, doctor, nuestros sueños se mezclaban con la realidad del hombre, con sus problemas. Los nuevos planetas se mezclaban con el daño que el hombre se provocaba a sí mismo por haber cambiado la sensatez por la avaricia. El cielo, la tierra y sus frutos estaban contaminados; los polos se descongelaban. Todo parecía poder acabar en cualquier momento. Los hombres vivían en un caos asumido con resignación.

Nos fuimos todos a dormir. En la noche reinaba la Luna; su luz apenas dejaba apreciar las estrellas. La Tierra seguía girando alrededor del Sol. El universo iba como la seda. Soñábamos con visitar otros mundos; deseábamos la paz, el amor y el respeto para todo el planeta; queríamos una revolución que transformara la munición en color, y el terror en bellas canciones de amor. Necesitábamos que gobernara la poesía en lugar de la angustia, de las heridas, de la muerte, del terror y de la pobreza. Doctor, a pesar de todo éramos felices. Creíamos en el amor y teníamos esperanzas en un mundo mejor.

VII

Viaje en barca al Futuro

A la mañana siguiente amanecimos en la playa de Almoster. No me pregunte cómo; ni yo mismo lo sé. Mar adentro, casi en el horizonte, flotaba un objeto que nunca habíamos visto. Pensamos que era una boya limitadora y no le dimos más importancia. Nos desnudamos y cantamos las alegres canciones de amor de siempre, tumbados en la arena. Uno de los duendes se desenfrenó y se arrancó a cantar por bulerías, imitando con gran torpeza a Camarón. Sobre la playa desierta todos reíamos, danzábamos, soñábamos… presentíamos que algo importante iba a ocurrir en nuestras vidas, notábamos como nunca el poder del universo. Al rato miramos de nuevo al horizonte, hacia donde se unían los azules del cielo y del mar, y allí estaba: el objeto no era una boya como habíamos creído: era una pequeña embarcación, sin tripulantes, y las olas la empujaban hacia la orilla. Al cabo de un rato llegó a la arena. Aunque vieja, la barca estaba mucho mejor preparada que la que construimos para el primer viaje. Estaba recién pintada, a franjas rojas, verdes y azules, y en mayúsculas tenía escrito el nombre LUCECITA. Quizás así se llamara el amor de su anterior dueño.

No lo podíamos creer. Nuestros deseos de viajar por el universo iban a hacerse realidad. Necesitábamos pedir auxilio para salvar a la humanidad. Nos dejamos llevar. Nuestros cuerpos se adaptaron a la barca, que empezó a alejarse lentamente de la orilla, sin vela y por supuesto sin motor. Nos abrazamos todos. Estábamos seguros de que el amor era el único combustible que necesitaba aquella embarcación y además era lo único que poseíamos. Empezamos a coger velocidad. Íbamos por buen camino. A quince mil millas del puerto de Almoster empezamos a levitar a dos metros del agua. Así estuvimos durante unos minutos, hasta que la barca empezó a rugir como una bestia enfurecida. Nos agazapamos todos, pero no teníamos ningún miedo. Deseábamos partir. Necesitábamos con urgencia respuestas y consejos para salvar a la triste humanidad. La Tierra se hizo pequeña a nuestras espaldas; pasamos por Venus, por Marte, por Júpiter…, por confines ajenos a los escasos conocimientos del hombre moderno. La velocidad de la barca ara vertiginosa; nuestros cuerpos parecían desdoblarse; apenas podíamos reconocernos; nuestra piel parecía desprenderse de nuestros huesos. De repente, una luz cegadora lo invadió absolutamente todo. La barca paró. Estábamos rodeados de un blanco intenso, deslumbrante, mucho más que el sol, inimaginable para cualquier humano. Ni siquiera podíamos vernos. Teníamos la sensación de ser incorpóreos. Estuvimos así parados hasta que la barca empezó a descender a la misma velocidad con la que había ascendido. Entramos en la atmósfera. Se redujo la velocidad. Seguimos bajando. A dos metros del mar, levitamos durante unos minutos. La barca tocó agua y empezamos a navegar hacia la costa.

No entendimos el significado de aquel viaje. No tenía sentido. No aprendimos nada. No pudimos hallar respuestas. No logramos obtener consejos para librarnos de las guerras, del racismo, de la avaricia, de la contaminación, de la religión…Francamente, recorrimos varios universos y no hallamos ni a Buda, ni Alá, ni a Dios… pero llegamos a la orilla de un paisaje desconocido, inhóspito, rebosante de vegetación y poblado por árboles inmensos. El cielo era puro y limpio, y nos extrañó que en él no se dibujaran las estelas de ningún avión. Amarramos a Lucecita a una roca y nos internamos en un bosque frondoso de grandes y fuertes robles. Necesitábamos saber dónde estábamos. Queríamos ir a casa y no reconocíamos nada. Anduvimos un trecho cuando, de repente, oímos los ensordecedores gruñidos de un jabalí. Un grupo de lobos lo tenían acorralado y herido. Era algo sorprendente; pensábamos que estábamos en otro país. Huimos con miedo de aquel lugar y fuimos a parar a un pueblo derruido entre encinas y pinos centenarios. El campanario de la iglesia yacía destrozado, cubierto de hierba y de arbustos. Los animales –zorros, ardillas, perros en libertad…– campaban libremente por lo que habían sido las calles. La naturaleza había recuperado hasta el último rincón. Entramos en el pueblo irreconocible y desolado hasta que logramos adivinar donde estábamos. Aunque la vegetación impedía ver bien las ruinas del pueblo, con gran tristeza pudimos reconocer que aquel pueblo era el nuestro. Nos embargó la angustia. No había ni rastro de presencia humana. Reinaba la belleza en equilibrio con el universo. Imperaba la Paz.

Dedujimos que los cinco minutos que estuvimos en aquel lugar iluminado equivalían a ciento ochenta años de vida en la Tierra. Quizás aquel espacio blanco e intenso era la deseada eternidad del hombre moderno. No sé qué habría pasado si hubiéramos estado allí un par de horas, o todo un día. Salimos en busca de vida humana a La Selva del Camp, el pueblo cercano y amigo, al que llegamos en cuatro horas de arduo caminar. La carretera había desaparecido. El espeso sotobosque mediterráneo nos frenaba en cada momento y los animales nos acechaban por todo el camino. Llegamos. El pueblo tampoco era el que conocíamos: la naturaleza, en su máximo esplendor, también lo invadía todo. La vegetación se había apoderado de sus calles. Un rebaño de cabras hispánicas abrevaba en un estanque natural, en lo que antes había sido la plaza del ayuntamiento, del que ya no existían regidores, ni alcalde, ni secretarios… No encontramos ninguna persona en todo el pueblo. Estábamos solos. Nos guiaba la energía del planeta. Teníamos fe en nosotros. Nos dejábamos llevar. De nada les sirvió a todos los políticos corruptos su avaricia, su afán de poder. De poco les valió abusar del él. De nada sirvieron las guerras… Abandonamos aquel lugar, sin rumbo, con la esperanza de encontrar algún superviviente de nuestra especie. Se avecinaba la noche, por lo que buscamos alimento y cobijo. Las sombras se apoderaron de todo. Encendimos un gran fuego; descansamos; comimos; nos abrazamos e intentamos dormir admirando las estrellas, entregando por completo nuestras vidas a las leyes del universo.

VIII

Nueva vida

Nos despertamos con los primeros rayos de sol. Los duendes –cantando de buena mañana las mismas canciones de siempre– se encargaron de recolectar frutos para el desayuno trepando hábilmente como monos por los árboles. Después de desayunar pusimos rumbo hacia lo que quedaba de nuestro pueblo; no queríamos estar muy lejos de la barca por si nos pudiera hacer falta. Ortigas, aliagas, zarzales nos frenaban a cada paso durante todo el camino de vuelta. Nos dejamos literalmente la piel. Después de mucho padecer, llegamos a las ruinas de Almoster y nos dirigimos a la playa. Anduvimos hasta topar con la roca donde habíamos amarrado la vieja barca. Para nuestra decepción, de ella solo quedaba la cuerda rota, y al momento desfallecimos del cansancio. Yacimos en la arena hasta que una llovizna fría que caía con delicadeza nos despertó ya de noche y decidimos buscar cobijo en otro lugar. Sabíamos que en el bosque de los grandes robles campaban los lobos como Pedro por su casa. Para evitarlos seguimos un camino estrecho que se abría paso por los acantilados, suspendido a unos treinta metros sobre el mar. Buscábamos sin encontrarlas las cuevas que conocíamos de antes del viaje, pero el territorio había cambiado. Lo que antes era hormigón, asfalto y secarrales se había convertido todo en un verdadero paraíso. Habitaban los animales en plena libertad, lejos de las malditas jaulas de los zoos. Las flores se exponían esplendorosas; muchas de ellas tenían varias cabezas. Era algo bello pero inquietante, posiblemente fruto de algún desastre nuclear, o vaya usted a saber qué otros inventos de autodestrucción pudo llegar a crear el hombre moderno mientras Emi, los gatos, los duendes y yo estábamos de viaje por el universo. Las esperanzas de encontrar a alguien eran cada vez eran más escasas. Pensamos que el ser humano se había autodestruido por completo. Se veía venir. El hombre había fracasado como especie, nunca se aceptó tal como era, no fue humilde, creyó que era mucho más que un mamífero. Se convenció a sí mismo de que el planeta le pertenecía. Era de prever que todo acabara así. La avaricia rompió el saco. Anduvimos por aquel camino durante casi toda la noche, guiados tan solo por las luces de nuestro admirado universo. Las nubes se abrieron; la llovizna paró. El amor era lo único que poseíamos, no echábamos de menos nada de nuestro pasado, no anhelábamos nuestros bienes… Nuestros pies nos llevaban siempre a buen puerto. Confiábamos en ellos porque estaban mandados por el corazón, que a su vez estaba atado a la energía de los planetas. Con el amanecer llegamos a un paraje de almendros, higueras, manzanos… Aún se apreciaban entre la vegetación los bancales de piedra. Nos servimos de los frutos que nos ofrecía la naturaleza y buscamos un lugar donde descansar del largo camino. Cuando nos pusimos de nuevo en marcha, el sol, abrasante, daba de lleno. Al poco llegamos a una bifurcación. Teníamos la intención de seguir el camino que seguía por la costa, pero decidimos investigar brevemente adónde llevaba el otro camino, que se internaba enseguida en una selva de un atractivo misterioso, gobernada por gigantes hayas que tocaban con sus ramas más altas a las puertas del cielo. Apenas nos habíamos internado unos pasos por aquella maleza, que oímos una serpiente cascabel. No podíamos localizarla. Nos quedamos todos quietos, como estatuas de piedra. Estuvimos unos minutos así. Al poco se escucharon ensordecedores gritos de animales. Por el volumen de los gritos nos imaginamos que serían de gran tamaño. Luchaban a muerte por su territorio o por su vida. Era algo escalofriante. Estábamos muertos de miedo. Con aquellos desmesurados rugidos los duendes se olvidaron de su inmovilidad y de la serpiente cascabel, y de Venus, de Júpiter y de todos los dioses de todos los planetas, y en menos de lo que canta un gallo, habían huido de allí despavoridos. Emi, los gatos y yo, todavía quietos como estatuas, vimos desaparecer a la serpiente entre el follaje. Entonces Emi quiso construir sombreros para protegernos del intenso sol y cogió bastantes hojas, grandes y consistentes, de un árbol. Nos fijamos en el árbol: era precioso, mágico, resplandecía, tenía poder de atracción. Nunca habíamos visto nada igual. Pensamos que era un árbol transgénico o una mutación provocada por el desastre nuclear. Daba frutos ovalados, negros por completo que brillaban como grandes perlas. Desanduvimos nuestros pasos hasta la bifurcación del camino, y allí estaban los cinco duendes, subidos a la copa de un pino centenario. Al momento bajaron, y fueron Chancho y Frida los que abrieron la marcha el resto de aquel día. Los corazones de los pequeños hombrecitos todavía latían a una frecuencia mucho más alta de lo habitual. Anduvieron el resto de la tarde escondidos entre nuestras piernas. Se hizo la noche, buscamos cobijo y alimento, hicimos una hoguera, comimos, nos abrazamos, jugamos, cantamos, danzamos y dormimos.

IX

El árbol Guardián

Como cada mañana, el astro rey nos despertó. El cielo estaba despejado y el aire era de una pureza desconocida para el hombre moderno. El agua cristalina de los riachuelos cercanos, como debe de imaginar, doctor, y como debe ser, estaba limpia de residuos humanos. Antes de seguir la ruta hicimos recuento de personal. Faltaba uno de los duendes. Lo buscamos durante muchas horas, por todos los rincones, pero no aparecía. Acabamos muertos del cansancio y con el alma rota por no encontrarlo. Se hizo la noche y encendimos una gran hoguera para que el duende pudiera localizarnos en el mismo lugar en el que dormimos la noche anterior, pero pasaban las horas y el pequeño hombrecito al que tanto queríamos no aparecía. Emi, para dejar de darle vueltas y no desesperarse de tristeza, empezó a convertir en sombreros las hojas del árbol misterioso que vimos el día anterior. Faltaba una hoja de las diez que había cogido.

Las había cogido por necesidad, para protegernos del sol. Nosotros solo aceptábamos de la naturaleza lo que necesitábamos. No queríamos dejar nuestra huella en el nuevo mundo, ni pretendíamos apoderarnos de nada. No deseábamos bienes, ni dinero, ni poder… Queríamos pasar desapercibidos –como cualquier otro animal– por aquellos parajes llenos de vida, donde la belleza era la única que gobernaba con mayoría absoluta. Y como sabe, doctor, el amor era el único combustible de nuestras vidas: no poseíamos nada más. Frida, para protegerse pies y manos de la humedad del terreno, se puso en una de las hojas de aquel árbol extraño que Emi tenía junto a sí. La hoja levitó brevemente levantando el peso de Frida, y salió disparada con la gata en ella a una velocidad endiablada en la dirección contraria al camino por el que habíamos llegado allí. Desapareció en la oscuridad de la noche. Nos quedamos de piedra. Sin palabras. Nuestra gata había desaparecido como por arte de magia. Estaba claro que al duende le había pasado lo mismo. Por alguna razón había pisado con los dos pies la hoja que faltaba y había salido disparado como Frida. Nos abrazamos, meditamos la situación y tomamos una determinación. Quedaban ocho hojas. Emi y yo utilizamos dos cada uno, una para cada pie. Chancho utilizó una y el resto de los duendes se distribuyeron en el resto de las hojas. Empezamos todos a levitar a un metro del suelo, y en un instante de vida, cogimos la misma velocidad desorbitante con la que Frida se había marchado. Volvimos a ver los mismos parajes, pero esta vez a la luz de la luna, que se dejaba admirar entre las nubes. Comenzó a caer la misma llovizna que el día anterior. Pasaron unas horas y las hojas redujeron la velocidad. Nos fuimos acercando a la bifurcación de caminos que separaba la costa de la selva. A lo lejos se veía relucir el árbol de los frutos negros, lleno de misterio y, como le conté, con un gran poder de atracción. Descendimos al suelo y nos plantamos justo en frente del árbol mágico. Bajo la luz de sus frutos, nos desprendimos de las hojas y las colocamos sobre sus raíces, de tamaños varios, que sobresalían de la tierra. Al momento las hojas se desintegraron y se convirtieron en nutrientes para las raíces. Aquel ser era autosuficiente. Sus hojas secas eran el único alimento para aquella bella criatura de la naturaleza.

Estábamos convencidos de que el camino de la costa era el equivocado, que no habíamos cogido el camino que era el nuestro, a pesar de necesitarlo. El árbol, además de habernos dado una lección –nada es de nadie, ni unas simples hojas–, deseaba vernos por el buen camino, el nuestro, el que nos dictaba el corazón. En el momento de elegir camino, por miedo habíamos dejado de creer en los planetas, en sus fuerzas que marcaban nuestros destinos. Solo teníamos que habernos dejado llevar. Pero aquel árbol era el guardián de nuestra senda. Así quisimos creerlo. Mientras el árbol acababa de recuperar su alimento, dejó de lloviznar. Le pedimos perdón a nuestra manera, danzando y cantando las viejas canciones de siempre en su honor. Quisimos creer que aceptó nuestras disculpas, porque por un momento se iluminó con más intensidad. Todo se arregló con el amor, nuestro único pan. No podíamos dejar de admirarlo hasta que bajó la intensidad de su luz porque ya se hacía el día. Nos introdujimos en aquella selva en busca de Frida y del duende. A eso habíamos venido. Caminamos durante muchas horas. El follaje era espeso y parecía no haber camino. Los duendes trepaban desesperados por las eternas hayas y los grandes robles, buscando mayor visibilidad. Hasta que se escuchó, como un milagro, el inconfundible maullido de nuestra anhelada gata, y la música del pequeño hombrecito surgió entre las flores. Silbaba una alegre canción de Camarón. No podía ser otro. Buscamos refugio y encontramos una gran cueva, y allí, como los primitivos –quién nos lo iba a decir…– nos dedicamos a desclavarnos las espinas de las zarzas, de las aliagas y los demás pinchos del diablo, y nos lavamos los roces y las pequeñas heridas. Buscamos comida, nos saciamos y dimos gracias a los planetas. Nos abrazamos todos. Reímos a carcajadas. De nuevo surgieron las canciones, y entre cantos, danzamos una vez más, hasta las últimas luces. No sabíamos en qué lugar de los mapas estaríamos, pero no nos importaba. Éramos felices en nuestro camino y nos daba igual su final. Preparamos una gran cama con fina hierba en la que nos tumbamos todos juntos. Estábamos extasiados, había sido un día muy intenso y lleno de emociones. Uno de los duendes empezó a contar un largo y aburrido cuento y antes de que lo hubiera acabado todo su público ya se había dormido. Al rato, el duende terminó su cuento en solitario, se quitó el sombrero, se arrimó a la cama, se arregló la barba y concilió el sueño, junto a todos, y al momento comenzó a practicar el noble arte del ronquido.

X

Vida en la cueva

De nuevo las luces del alba hacían huir a las sombras de la noche. Comimos todos y nos pusimos en marcha. Nos habíamos resignado a no encontrar vida humana. No hallábamos huellas ni en la tierra ni en el cielo ni en el agua. Solo se hallaba pureza por doquier. Eso sí, no nos acabábamos de hacer a la idea del todo: el humano necesita del humano; siempre ha sido así. Al cabo de pocas horas, el camino comenzó a descender hasta llegar a una hermosa cueva, cuyos alrededores estaban cubiertos por un manto de flores exóticas, numerosísimas y tan variadas que ni el duende más instruido las conocía. Descansamos y bebimos de una pequeña cascada cercana a la cueva. El agua nunca faltaba por aquellos lugares. Era un clima de lluvias débiles e intermitentes, de las que no hacen daño, y el ecosistema, por lo visto, se había equilibrado. Nos dejamos llevar. Nos adentramos en la cueva hasta que la luz de la entrada nos abandonó. Seguimos el camino a ciegas, palpando las paredes. Inevitablemente nos hicimos alguno que otro chichón con las estalactitas. Chancho y Frida hacían de guías y los duendes, cegados también por el miedo, no se separaban de las piernas de Emi ni de las mías. El túnel se fue estrechando. Emi y yo comenzamos a andar en cuclillas. Luego nos vimos obligados a arrastrarnos. El paso se hizo aún más pequeño, claustrofóbico. Emi y yo estábamos prácticamente atascados, pero los duendes y los gatos continuaron avanzando sin ningún problema. Empezamos a dudar de los planetas y de todas las fuerzas del universo. Yo metí con desacierto el pie entre el hueco de unas piedras y quedé atrapado. No podía continuar. No podíamos ni avanzar ni retroceder. Entonces los duendes y los gatos escucharon nuestra llamada de auxilio y entre todos ellos, con mucho esfuerzo, lograron apartar las piedras y mi pie quedó por fin libre. Todos reímos con alegría desbordante, más que nada por no llorar. Continuamos avanzando, con lentitud, mojados, con mucho frío, silbando y cantando, para espantar el miedo. Créame doctor, era mejor así, a mal tiempo buena cara. Sabíamos que no habíamos hecho nada malo. La energía de los planetas era nuestra guía. Íbamos por el mejor camino, el único. Seguimos deslizándonos a ciegas por el suelo encharcado y al rato una luz muy tenue iluminaba con timidez la estrecha y sacrificada senda. No entendíamos aquella luz: estábamos a muchos metros de profundidad. No tenía sentido. Poco a poco nos fuimos acercando a la fuente de aquella luz, y la cueva se iba ensanchando. Pudimos seguir de cuclillas y al poco trecho logramos ponernos de pie. Descansamos aliviados, alegres por haber superado tal trance. Seguimos y llegamos a una galería de tamaño considerable en el centro de la cual, bajo una gran estalactita, brillaba con mucha fuerza un árbol muy parecido al de la entrada del camino. Estaba arraigado a unas rocas e iluminaba toda la sala con su luz y su magia. Nos tuvo hipnotizados durante un buen tiempo. Cuando el árbol bajó suavemente su intensidad pudimos lograr ver, entre sombras, el resto de la galería. Todos enmudecimos: en las paredes de aquel lugar había bellos relieves esculpidos con miles de nombres sin apellidos. El duende más instruido dedujo que cada nombre estaba escrito en todas las lenguas conocidas, y comenzó a leerlos en voz alta…en árabe, en catalán, en inglés, en francés, en castellano, en alemán, en suajili, en serbio, en hebreo, en ruso, en malayo…y así estuvo pasando lista a todos y cada uno de los nombres en sus correspondientes idiomas, con su apropiado y específico acento. El duende presumía de ello y resultaba repelente, y además el ejercicio sirvió de poco. Tan solo nos valió para saber que aquella cueva la había visitado mucha gente, incluso estando a tantos metros de profundidad. Si todas aquellas personas habían podido llegar hasta allí, tuvieron que ser valientes y de buen corazón. El árbol del camino nos había puesto a prueba. Perdonó nuestros errores por nuestro amor, nuestra única posesión. Y el “paseíto” por la cueva solo era para valientes, para los que entregan, a pesar del sacrificado camino, su vida a las fuerzas del universo.

Pasaron las horas. Desde allí no partía ningún camino, solo el de vuelta. Aparte de los relieves, no había nada más que estalactitas, estalagmitas, lodo, grietas impenetrables entre enormes rocas, el árbol y nosotros. El hambre empezó a hacernos compañía. Lo único aparentemente comestible que había en aquel lugar era el fruto negro y resplandeciente del árbol mágico, que a medida que pasaba el tiempo se nos hacía más apetecible. Nos prometimos no tocar ni uno de los frutos porque sabíamos que pertenecían a aquel maravilloso ser. El sueño pudo más que el hambre y la luz del árbol poco a poco fue disminuyendo hasta dejarnos a oscuras. Justo antes de conciliar el sueño, escuchamos en la lejanía a niños cantando. No podíamos creerlo. Nos pusimos a dar saltos de alegría. Había vida humana en aquella cueva. Los cantos se hacían cada vez más cercanos y a través de una gran grieta empezó a verse un ligero hilo de luz. En un momento escuchamos aquellas voces angelicales justo a nuestro lado. Pedimos auxilio hasta desgañitarnos, pero no nos oían. Los cantos fueron alejándose y la luz que salía de la grieta se apagó. Seguimos gritando todavía durante un buen rato, y hacíamos chocar roca contra roca para hacer ruido… pero no sirvió de nada, nadie nos ayudó. Nos abrazamos y danzamos a oscuras con la panza hueca pero con el alma alegre por saber que no éramos los únicos habitantes del planeta. Y con la conciencia tranquila por no habernos apoderado del apetecible fruto de aquella belleza de la naturaleza, ya que no nos pertenecía; tenía su dueño. Habíamos superado aquella prueba de honradez, prueba que muy pocos políticos de nuestra época hubieran superado. Se dedicaban a todo lo contrario; hubieran dejado el árbol pelado y mondado. Al rato el sueño comenzó a apoderarse de nosotros. Nos adaptamos a los huecos que se formaban entre las raíces de aquel árbol mágico y protegimos nuestros cuerpos de la humedad con sus hojas secas. Y por si no habíamos tenido bastante, el mismo duende de la noche anterior, falto de memoria y despistado por el cansancio, contó el mismo cuento. Dormimos tan profundamente que ni la bocina de un camión hubiera podido despertarnos. La grieta se abrió.

XI

La cueva de los hombres sin dios

La luz del árbol nos despertó. Nos levantamos como nuevos, pero con un hambre de mil demonios. Mientras hacíamos recuento –estábamos todos– nos dimos cuenta de que la grieta estaba abierta. No lo dudamos ni un instante y nos metimos por ella. Y allí estaban: más de una veintena de niños de todas las razas, de todos los colores… Nos estaban esperando al principio de la senda, amplia y cómoda, que seguía más allá de la grieta. Al parecer, durante nuestra ausencia del planeta Tierra la humanidad, antaño dividida y a la greña, se había hecho una. Se habían mezclado las sangres, los idiomas… y las personas de los diferentes países se habían unido como hermanos. Los críos se nos abalanzaron, nos abrazaron, nos llenaron de besos las caras y cantaron sin dejar de sonreír canciones en un idioma difícil de reconocer. Destel, el duende sabelotodo, nos informó de que aquel idioma era la mezcla de todas las lenguas y de que los niños cantaban en nuestro honor. Nos ofrecieron los frutos negros del árbol mágico en cuencos fabricados de extraños tejidos. Ante nosotros varios niños comieron de aquel misterioso y apetecible manjar, para darnos a entender que aquel fruto era comestible, para que lo aceptáramos sin ningún miedo. A pesar de nuestros reparos, las circunstancias nos obligaron a probar aquel alimento. No tuvimos elección, aunque tampoco nos supuso un calvario, sino todo lo contrario. La piel tenía el tacto del terciopelo y la pulpa era de un color anaranjado. Al probarlo, un sinfín de sabores invadieron todos nuestros sentidos. Su sabor era una mezcla de todas las frutas y un sinfín de aromas desconocidos que volvían loco a cualquiera. Una cosa extraña, sublime, que rozaba lo divino. La consistencia de la pulpa era parecida a la de una manzana. Anduvimos unos pasos cogidos de las manos de los niños, a la luz que emitía a nuestras espaldas el árbol mágico a través de la grieta, que se cerró apenas hubimos recorrido unos metros por la senda. Aunque ahora íbamos a oscuras, la senda era amplia, llana y cómoda. Recién comidos y entre las risas de los niños, el camino se nos hizo ameno y divertido. Todos cantábamos, cada uno a su manera. No sabíamos adónde nos llevaban aquellos niños, pero como le he dicho alguna vez, doctor, la meta no nos importaba nunca. Lo importante para nosotros siempre era el camino y lo estábamos gozando. Después del trance de la cueva del día anterior, aquel paseo nos sabía a gloria. Comenzó a verse de nuevo la luz. Nos íbamos aproximando a su fuente, cada vez más intensa, tanto como el sol. Anduvimos unos pasos y allí estaba: toda una población. Había al menos mil personas, instaladas en una galería tan grande como un campo de fútbol, con una altura de unos cuarenta metros. Algo colosal. Nos quedamos perplejos. Justo en el centro de la galería se alzaba majestuosamente un descomunal árbol mágico, cuya copa rozaba las estalactitas del techo. Sus frutos eran enormes. Allí por lo visto, era de lo único que se alimentaban. Era un alimento natural y completo que contenía todos los componentes para vivir saludablemente: vitaminas, proteínas, omega 3… Sin conservantes, sin colorantes, sin edulcorante E-952, ni el E-647, ni el E-432, ni el E-343… Vamos sin el maldito veneno. Si en el año 2016 las farmacéuticas hubieran descubierto aquel manjar, se lo habrían arrebatado a los habitantes de la cueva, que se habrían visto pisoteados y destruidos por las farmacéuticas. Les habrían amargado la existencia. Pero ellos respetaban las hojas, ya que eran el alimento del árbol, y con la piel del fruto manufacturaban tejidos, cuencos, cuerdas… El árbol se lo daba todo. Incluso hacían licor. Agua no les faltaba, y bien buena. Un riachuelo corría por toda la gran galería, así que no necesitaban más. Al entrar en el poblado, todos sus habitantes estaban pendientes de nuestra llegada. Sus rostros reflejaban admiración. Encontramos su actitud normal y lógica, ya que no habían visto extraños en toda su vida. Y además jamás habían conocido a ningún gato, y menos a cinco duendes. Éstos eran presa de los niños que querían jugar con ellos, y con Frida y con Chancho. Se nos acercó una muchedumbre y nos rodeó con buena intención, junto al árbol. Nos cantaron canciones, nos ofrecieron licor y más frutos, aunque de estos ya habíamos tenido suficiente. Terminaron los cantos y los honores y buscamos a la persona con más edad. Destel hacía de intérprete como podía entre nosotros y los habitantes de la cueva, que eran muy gestuales en su manera de comunicar. Nos contaron que los primeros habitantes de la cueva entraron en ella a muy corta edad, y de alguna manera tuvieron que aprender a entenderse, y en el proceso crearon su propio idioma. El habitante más anciano de la cueva había nacido en el 2086, y tenía ciento diez años –había bastantes personas de una edad similar–. El año presente era el 2196. Lo sabían porque tenían un gran calendario grabado en una roca. El hombre nos contó las historias que contaban sus abuelos, que fueron los primeros niños en habitar la gran cueva huyendo de una cruel guerra mundial y del holocausto nuclear que le puso fin. Como bien sabíamos, los arboles mágicos ponían a prueba el corazón, el respeto, la honradez, la valentía… así que tan solo pudieron acceder a la cueva niños. Tan solo los inocentes se libraron del desastre. Contaba el anciano que nadie de los que habían entrado en la cueva volvió a salir, y los que allí vivían eran los únicos habitantes de todo el planeta. Hasta entonces, la grieta de la primera galería en la que estuvimos nunca se había abierto, es decir, no conocían nada en absoluto de la vida exterior. Al preguntarle al anciano por sus creencias, nos respondió que eran espirituales y creían en ellos mismos, pero no practicaban ninguna religión, no adoraban a ningún dios. En cierta manera, todos lo eran. Ni mandaban ni obedecían. Eran libres y dueños de sí mismos. No necesitaban que nadie les comiera la cabeza sobre el significado, el origen o el futuro de su existencia. No habitaban pobres ni señoritos en aquella cueva, y todos sus habitantes eran indispensables. Se respiraba amor entre aquellas gentes. Se apreciaba en sus rostros, en sus caricias, en sus mimos… todos amaban y eran amados, y eso fue lo que los mantuvo vivos y les dio la fuerza para sobrevivir y para crear una civilización. A pesar de la variedad de razas, llevaban por bandera el respeto y la solidaridad. Todos iban a una y nunca entre ellos había habido ningún conflicto. Descendientes de diferentes religiones, empezaron a vivir en armonía. Y como estaba claro que sin ellas vivían mucho mejor –donde va a parar– no existía fanatismo alguno entre ellos. Nadie inculcaba a los demás una manera de pensar, ni de vivir. Eran los dueños absolutos de sus vidas. Ni Buda, ni Alá, ni Dios tenían nada que rascar allí. Les sobraban. Su religión era el amor. Sus leyes eran muy parecidas a la de los habitantes de Thásara. Nos gustaban. Se hizo tarde –es decir, bajó la luminosidad del árbol–. Nos buscaron un lugar donde dormir. Nos invitaron a que descansáramos y nos prometieron que al día siguiente podríamos seguir preguntándoles cosas. El anciano, antes de dejarnos, nos contó que hacía ciento ochenta años que esperaban con gran deseo la llegada de habitantes de otros universos. Me miró a la cara, sonrió, me guiñó el ojo derecho y sin entender muy bien el significado de aquel gesto le respondí, sonreí y le guiñé con el izquierdo por cortesía. Reímos y nos abrazamos como si fuéramos familia. Después del último licor, de cantar y de danzar, caímos redondos en nuestros aposentos. Esa noche no hubo lugar para cuentos.

XII

Una sola piel

Progresivamente, la luz del árbol fue aumentando de intensidad hasta despertarnos. Los niños nos llevaron el desayuno. Ya puede imaginar qué era, doctor. Nos servimos el manjar de los cuencos y seguidamente los pequeños nos cogieron de las manos y nos fueron presentando a todos los habitantes de la cueva, uno a uno. Todos eran muy buena gente, humilde y muy hospitalarios. Aunque tenían poco que ofrecer, lo daban todo por nosotros. Eran felices. Tan solo poseían amor –al igual que nosotros–. Nada más, con aquello era suficiente. No obstante, aquella gente había sido víctima de sus antepasados, que les obligaron a vivir escondidos, con miedo al exterior. Nosotros, por otro lado, creíamos que merecían conocer las estrellas, el mar, el cielo, el viento… Todos tenían unas grandes habilidades artísticas –las paredes de la gran galería estaban repletas de relieves–; eso les evadía de aquel lugar, les permitía soñar. Y francamente, doctor, sus obras eran más dignas que cualquier obra de Arco o cualquier feria internacional de arte. Sus trabajos eran arte en estado puro, no pensados para el negocio. Dimos toda la vuelta a la cueva conociendo a los mil cincuenta y tres habitantes. Mientras estábamos conociendo a los últimos, todos los habitantes de la cueva enmudecieron: iba a empezar un concierto de música. Los instrumentos, a pesar de ser rudimentarios –algunos eran simples piedras golpeadas contra estalagmitas–, producían una música deliciosa. Créame doctor, que se quiten Mozart o Jimi Hendrix, aquello era algo que fuera de lo normal. Era todo un lujo para nuestros oídos. Todos los corazones palpitaban al ritmo de aquella endiablada música. Cogimos unas piedras y obedecimos al refrán, donde fueras haz lo que vieras. Luego empezaron a cantar. La acústica de aquel lugar no tenía nada que envidiar a ningún teatro. Nos emocionamos tanto que se nos ponía la piel de gallina. Llorábamos de la emoción, como todo el poblado. Nunca habíamos disfrutado tanto con la música, aunque aquello no era solo música: en aquellos momentos todos éramos una misma piel. Estaba claro que el arte los unía. Era indispensable en sus vidas, mucho más que la política, que los aeropuertos fantasmas o que toda infraestructura de trenes de alta velocidad. La música, la poesía… todas las artes eran más importantes que las guerras, que el odio, que la avaricia y billones de veces mejor que el dinero –donde va a parar–. Para sus antepasados, no obstante, ese –el dinero– era el único dios verdadero, por desgracia. Cuando no dejaron ni un alimento sano, tuvieron que comerse el dinero a secas. De nada les sirvió hacer crecer sus cuentas. Piense, doctor, que la muerte es gratuita. No hace falta ahorrar para morir. A todos nos dejan entrar sin pagar. Terminó el concierto. Los niños no nos soltaban las manos en ningún momento. Nos enseñaron, palmo a palmo, todos los rincones de la cueva, incluido el riachuelo. Este formaba una gran poza de unos dos metros de profundidad, y la temperatura del agua era idónea para darse un baño. Además era medicinal. Aunque no podían impedir la muerte, los habitantes de la cueva tenían una salud de hierro gracias en parte al agua de ese riachuelo. A los difuntos los tapiaban en las partes altas de la galería, y sobre sus losas, esculpían relieves de sus rostros acompañados de una poesía. Los niños se tiraron a la poza y empezaron a salpicarnos. No tuvimos más remedio que zambullirnos también nosotros en el agua –pero no los duendes ni los gatos– y les salpicamos a ellos. Estuvimos varias horas alrededor de la poza, hasta que los niños se fueron. Nos quedamos solos un momento que aprovechamos para reflexionar profundamente. Teníamos que decidir qué hacer con nuestras vidas, si quedarnos allí para siempre o seguir caminando. Allí apenas sentíamos las fuerzas del universo; estaba claro que la cueva era un callejón sin salida y volver atrás no dependía solo de nosotros. La grieta estaba cerrada y, además, ¿qué íbamos a hacer con toda esa gente? Entonces, venido de lejos, se nos fue acercando el señor mayor. Nos saludó y se metió en la poza cantando entre dientes. Destel, como pudo, fue traduciéndonos la canción. Era una triste y humilde canción de desamor. La había compuesto su abuelo hacía muchos años, justo después del desastre. Su amada no había logrado entrar en la cueva. Murió de bien pequeña en la guerra, con nueve años. La canción decía algo más o menos así:

                                                 Desde el día que morí de tristeza,

las estrellas iluminan tu ausencia.

Tu viento besará mi rostro,

ni tú ni nadie lloréis por mí.

Vivo en el olvido.

No conozco el rojo ni el añil.

Ni el licor apaga mi pena,

tu amor me hacía vivir.

No hay preso sin condena,

aunque no la merecí.

Pero la vida merece la pena,

aunque esté atrapado aquí.

Seres de otro universo velarán por mí,

liberaran un día a nuestro pueblo,

lucharan por un buen porvenir.

La libertad está dentro de mí.

El anciano lo dijo todo en la canción. Al rato se marchó. Pasamos el resto del día dándole vueltas a la situación. Se apagó la luz del árbol y nos dirigimos a nuestros aposentos. Nos abrazamos, danzamos y dormimos otra noche en aquel poblado. Dejándonos llevar por las fuerzas del universo, al día siguiente, con las primeras luces del árbol, nos dirigimos a la parte más alta de la cueva y convocamos una reunión. Acudieron todos, y todos parecían saber lo que les íbamos a proponer. Se lo notábamos en sus sonrisas. Así llegó la hora de su liberación. Todo el poblado se dirigió ordenadamente hacia la grieta y esta se abrió sin dificultad. Primero se adentraron en la gruta, como guías, los duendes y los gatos, luego les siguieron los niños, seguidamente los ancianos y después el resto. Con mucha dificultad, al cabo de todo un día, logramos salir de la oscuridad. Y por fin, los ojos de todo el poblado vieron por primera vez la luz del sol, el eterno cielo y la inmensidad del horizonte. El viento acariciaba por primera vez sus rostros mientras admiraban la belleza absoluta de nuestra madre naturaleza. Todos lloramos emocionados. Nos abrazamos, reímos y danzamos como nunca en la vida lo habíamos hecho.

Doctor, creo que la hora de la consulta ya ha terminado, veo que los niveles de Litio y Lamotriguina están dentro de los términos. Estese tranquilo, los medicamentos los tomo a rajatabla, ya sabe que soy un buen enfermo.

Gracias doctor Solà por creer mi increíble historia. Hasta ahora es el único que lo ha hecho. Le prometo que pasó en realidad. Quizás en la próxima consulta le siga contando mis aventuras. Un fuerte abrazo.

Diego Latorre, Julio 2016.

 

                                             

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